El patriarcado como lugar seguro

Por Natalia Fernández.

No quiero hablar de mujeres alienadas. No lo soporto. Es un concepto que me sugiere que hay mujeres “despiertas” (feministas) que abrimos los ojos a un sistema de opresión y comenzamos a despatriarcalizarnos, y mujeres que todavía viven dentro de la matrix, que viven en un plano paralelo, alienadas, dormidas, cegadas.

No soporto hablar en estos términos porque sería negar que todas crecimos dentro del mismo sistema, el que nos obliga a competir las unas con las otras por el reconocimiento masculino. Porque sin el reconocimiento del macho no somos nadie, no valemos. Tenemos que ser buenas hijas, buenas esposas. La vara con la que midieron nuestro valor como personas (bueno, personas hasta ahí) siempre fue en relación a otros, a cuánto le agradábamos al resto; así sabíamos callarnos la boca, entender que teníamos que ser exitosas, pero no tanto. Sexuales, pero solo para nuestro hombre. Donde el dedito acusador es la constante idea de quedarse sola (como si una no pudiera elegir estar sola), donde el ostracismo masculino heterosexual es la peor condena a salirse de las normas.

Todas vivimos dentro de esta realidad que fue moldeando nuestra forma de pensar y de vivir, que poco a poco fue coartando nuestras libertades. Todas y cada una. Entonces me pregunto: ¿Cómo podemos siquiera pretender que una mujer abrace la lucha feminista por su empoderamiento personal, si esto va a tener costos altísimos? Si el aparato capitalista nos obligó desde nuestra infancia a buscar al príncipe azul, ¿Cómo podemos pretender que atraiga la idea de no necesitarlo, así, de la nada? Es una estantería que se derrumba, es desinstalar ese chip implantado en nuestro cerebro con tanta fuerza por el patriarcado. Mi punto de vista: la actitud de acusar a las feministas de locas, malcogidas, lesbianas (¿Cuál sería el probema?), putas, quilomberas, terroristas, feminazis no es odio contra nosotras, es un manotazo de ahogado. Es una forma legítima de supervivencia. Odiosa, sí, pero legítima.

Esta actitud que se resume en un “yo no soy como ellas” (no olvidemos todo el juego mediático del “no me representan”) es en realidad un grito desesperado por pertenecer al club de los hombres, a no quedarse del lado de afuera, a ser la mujer que todos los hombres adoran porque no rompe los huevos, ¿Y qué podemos esperar, si toda la vida nos dijeron que eso era a lo mejor que podíamos aspirar?

Creo firmemente en la sororidad como respuesta al machismo, a transformar el dolor en lucha. Es el primer paso para derrocar al patriarcado. Si esto es así, las mujeres que -aún- no se sienten identificadas con la lucha feminista son las primeras con las que ponerlo en práctica. No importa lo incoherentes que sean sus razonamientos, no importa si nos llaman hembristas, pelotudas, si nos dicen que vayamos a laburar porque no tenemos nada mejor que hacer, si piensan que el feminismo la obliga a hacerse trenzas en los pelos de las piernas; con esa mujer que dice que si buscamos la igualdad por qué no peleamos por los derechos de los hombres, que ante las noticias de menores asesinadas a odio, masacradas, humilladas, violadas, ultrajadas, la primer reacción es preguntar dónde estaban los padres, qué hacía sola, ahí, donde no tenía que estar, vestida así y asá. Como si los femicidios fueran perpetrados únicamente por enfermos mentales -ya hablaré del peligro que significa patologizar femicidas- que están sueltos y dispersos entre nosotras y fuese responsabilidad de una saber resguardarse de eso. Que si tu novio te pega es porque elegiste mal y no te supiste defender, que a ella nunca le pasaría porque sabe elegir. Que ella no le debe nada al feminismo porque todo en su vida lo consiguió sola. Por favor, resistí, aguantate las ganas de pasarle el enlace de Wikipedia sobre el sufragismo porque no va a servir de nada. Esto no es solo una señal clara de misoginia internalizada (que todas, lamentablemente, tenemos en menor o mayor medida, más allá del desprograme personal), también es un ejercicio de autoconvencimiento: ella es una buena mujer, que no sale, no se droga, no toma, no tiene sexo con cualquiera, no viaja sola (con las cosas que pasan!), ella es inteligente y jamás le pasaría algo así. Esto es repetirse a sí misma que algo tan aberrante jamás le va a pasar porque hace las cosas bien (o sea, lo que le dijeron que tenía que hacer).

La cruel realidad es que en 7 de cada 10 violaciones, el agresor es pareja, ex pareja o familiar de la víctima y 2 de cada 10 un conocido cercano o amigo; en el 10% de violaciones restantes, también es frecuente que inicialmente fueran un encuentro sexual deseado, que acabe derivando en abuso sexual. Así que nuestra amiga tiene 9 de cada 10 posibilidades que tendría la puta a la que está criticando de vivir la misma situación de la que se cree segura. O necesita convencerse de que lo está. Realmente no te está hablando a vos, no te está culpando a vos aunque lo parezca: está intentando conjurar sus miedos en una necesidad muy fuerte de sentirse segura.

No nos está hablando a nosotras, está emitiendo un mensaje fuerte y claro a los hombres de su entorno: “quiéranme, yo no soy así”. Que la puedan llegar a acusar de odiar a los hombres, siendo su aprobación algo que necesita como respirar, es la verdadera razón por la que el feminismo le produce tanto rechazo. Ella no odia a los hombres, los necesita y quiere caerles bien. Como mucho podemos lograr que diga que ella es feminista pero de las de antes (como si Olympe de Gouges no hubiera sido pionera en el lenguaje inclusivo y no sexista, o si Kollontai no hubiera sido defensora acérrima del amor libre y del derecho al aborto, luchas tan vigentes hoy en día), no como “el feminismo de ahora” que somos un grupo de resentidas que queremos matar a todos los hombres.

Cuando te insulta por ser feminista, no te está insultando: está intentando paliar su terror, es la forma que tiene de protegerse. No la demonices, no la humilles, no la insultes. Si no tenés ganas de aguantar sus comentarios infinitos de facebook y que te suelte una catarata de incoherencias nadie te obliga, pero no la desprecies por tener miedo, porque su miedo es el mismo que sentimos nosotras. Ella busca la forma de protegerse, igual que nosotras.

Ella cree estar haciendo las cosas bien para no ser agredida, violada, maltratada, discriminada, humillada. Ella cree estar en el lado seguro del patriarcado.

El error consiste precisamente en no darse de cuenta de que no hay ningún lado seguro.

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