Inmigrantes y otras yerbas

Por Guido D’Angelo.

En abril de 1941, junto con no pocos perseguidos alemanes, los Frank intentan buscar asilo en Estados Unidos para salvarse de las atrocidades de los nazis.

Sin embargo, a partir de 1940 el gobierno estadounidense comenzó a exigir a los inmigrantes, además de una justificación para ingresar a su territorio, el aval de un “patrocinador” de manera tal de asegurarse que los refugiados no se convirtieran en “subsidiados que desfinancien al estado”. Nos quedó el Diario de Anna Frank, que hubiera tenido una difusión diferente de la que hoy tiene si la autora hubiese sobrevivido.

La Unión Europea conserva aún una enorme cuota de poder en el mundo, pero es innegable su retroceso en su importancia económica y geopolítica. La crisis del 2008 todavía se siente en el Viejo Continente y resultaría absurdo no relacionarla con el auge de partidos xenófobos de ultraderecha, que siempre han estado ahí, pero ahora sus chivos expiatorios, los inmigrantes, comienzan a ser considerados por la ciudadania en general como las causas de la crisis. De la misma manera fueron considerados los judíos por los nazis, en un contexto económico y social alemán desesperante.

¿No sería mucho comparar estos ascendentes partidos con los nazis? En absoluto. En 2015 el líder del partido alemán Pegida (o sea, Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) renunció luego de sacarse una foto emulando a Hitler. Para colmo de los colmos, en 2016 Stefan Jagsch, líder del Partido Nacional Democrático (me imagino que querían poner Socialista, pero el nombre ya estaba ocupado) sufrió un accidente automovilístico, del que no hubiera sobrevivido de no ser por la asistencia de dos refugiados sirios que se detuvieron a ayudarlo. Antes, había llamado a los inmigrantes “primates sin ley”.

Me parece ya el momento oportuno para decirlo: no existe un estado de equilibrio donde la cultura y la sociedad se queden estáticas y ahí se definan claramente. Donald Trump, con sus propios chivos expiatorios, los mexicanos, quiere “hacer América grande de nuevo”, pero nunca quedó muy claro a qué época de la historia estadounidense tendríamos que remontarnos para conocer su proyecto; quizás a la época del macartismo, antes de los derechos civiles de las personas de color o un poco más atrás, antes de la abolición de la esclavitud.

El status quo que Trump quiere recuperar para luego mantener intacto (porque, ni le cabe el adjetivo de conservador, es más un conservacionista) nunca hubiera permitido una mujer candidata a la presidencia y un negro presidente. Él lo definió muy bien el día de su asunción “el pueblo volvió a gobernar la nación”. El pueblo entonces, es un grupo de multimillonarios con poca o nula experiencia en el manejo de la cosa pública.

El problema para Trump son los mexicanos, que se lanzan contra las fronteras de un país que, de no ser por las aspiraciones expansionistas de los Estados Unidos, ni siquiera necesitaría pasaporte para pasar. Los estados de Nuevo México, Nevada, Arizona, Colorado, Utah, California y Texas fueron parcial o totalmente territorio mexicano hasta el triunfo norteamericano en la Guerra de Estados Unidos-México en 1848.

Mientras tanto, los refugiados provenientes de lo que llamamos Medio Oriente no serían hoy un tema de importancia si esa suma de Europa y Estados Unidos que llamamos Occidente no hubiera intervenido militarmente para llevar la democracia, la paz y la libertad a los países de donde provienen los migrantes.

La diversidad enriquece siempre que está acompañada por la integración. El hecho de que musulmanes europeos atenten contra sus propios compatriotas nos dice que falta mucho por hacer. No se trata de soportar al inmigrante, es más que eso, es entender a alguien que viene a trabajar y a rehacer su vida en otro contexto. Eso no quita que, a contramano de Donald, algunos deben ser mala gente.

Propuestas sorprendentes: que todo inmigrante venga con trabajo para no volverse una carga para el estado y para garantizar que no sea un delincuente. No sé cuántos de nuestros padres, abuelos y bisabuelos hubieran podido entrar a la Argentina si se les hubiera pedido todo lo que están proponiendo que se exija.

No nos confundamos, los controles fronterizos son necesarios en la medida que sirvan para que cada estado haga ejercicio de su soberanía. Pero si pedimos que se endurezcan y se vuelvan prohibitivos, entonces dejemos de admirar a los europeos, que tienen libre movilidad de personas en toda la Unión Europea.

Adaptémonos a un mundo en constante cambio. Negarlo no va a parar nada, solamente puede empeorar situaciones que en realidad son enormes oportunidades. Si no lo aceptamos, corremos el riesgo de conocer dentro de un tiempo una historia terrible, contada por una Ana Frank musulmana.

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