Feminista y enojada

Por Florencia Sabieno.

Sí, soy feminista y estoy enojada.

Ser feminista es despertarse todos los días preparada para dar una nueva discusión, para ampliar los horizontes de nuestros propios límites al vivir inmersas en un sistema capitalista y patriarcal.

Y, a la vez, ser mujer y feminista te genera un mar de contradicciones por las cuales una debe constantemente entretejer nuevos argumentos y maneras de responder a sus propias dudas para calmar la ansiedad de no tener una solución inmediata para todos los males que nos acechan. Cuando los cambios que se proponen son socio-culturales, una tiene que armarse de una paciencia milenaria para ver de a poco cómo dar la discusión de género es avanzar en una autopista con el tráfico lento esperando algún día llegar a destino. Una paciencia que se ve agredida cada 18 horas con un nuevo feminicidio, una paciencia que se vacía cuando el Estado no se hace responsable y descuajeringa los programas de protección a la mujer, de educación sexual integral y las líneas para denunciar la violencia de género. Una paciencia que se ve insultada, deslegitimada, burlada, ridiculizada, una paciencia que se rompe en cada marcha al grito de Ni una menos, ni una muerta más.

Cada vez que protestamos nunca falta a clase la persona que nos dice que está mal la forma, que no la comparte, que no se siente representada, que no nos entiende, que somos cuatro gatas locas en tetas. La pregunta que les devuelvo es ¿si no es así, entonces cómo? ¿si no es ahora, entonces cuándo? ¿si no somos nosotrxs, entonces quiénes? La realidad es que siempre nos van a deslegitimar la lucha, nos van a ridiculizar porque es la manera que tienen de desviar la discusión por otro lado. Siempre estaremos tildadas de locas, histéricas, malcogidas, frígidas, putas, pelotudas, violentas y brutas porque, en parte, es lo que se instala en la gran mayoría de los medios masivos de comunicación. Nunca falta el portal de noticias que juega con las palabras para hacernos quedar mal, para mal interpretar nuestras protestas o incluso retorcer las victorias. Hace poco me enteré, por ejemplo, que una página de noticias comparó el incremento de marchas feministas con el aumento de feminicidios en la Argentina. Como si una fuera la causa/consecuencia de la otra. Se instala en las redes, en la televisión, esta crítica negativa que, a la vez, nos da un papel protagónico porque nos hace estar en boca de todxs. En lugar de levantar que luego de una marcha feminista aumentan las denuncias de violencia de género porque la mujer se empodera, meten miedo con los índices de feminicidios para seguir callándonos. Quieren desviar el eje que realmente es crucial a la hora de salir a las calles: la opresión sobre nuestros cuerpos y mentes que nos está asfixiando.

Esta última semana se generó una enorme controversia con el Tetazo. Y me costaba entender el por qué. Como feminista siempre tengo ciertas discusiones saldadas conmigo misma a la hora de reaccionar a favor o en contra de marchas y protestas. A través de mis anteojos, ver mujeres organizadas en la calle protestando, saliendo del espacio privado que las restringe y ocupando espacios públicos siempre decanta en una victoria personal y social. Sobre todo a la hora de hacer una lectura política de los hechos. Recuerdo estar triste porque todavía estaba de viaje volviendo a Buenos Aires de mis vacaciones y no pude llegar a asistir al Tetazo. Los días previos, inmediatamente después de enterarme del ridículo y obsceno operativo policial adjudicado a tres mujeres en topless en Necochea, con mi amiga nos dábamos manija de ir y ponernos en tetas. Ir y hacer quilombo. Ir a protestar. Ir a sentirnos cómodas con nuestras tetas y con nuestro cuerpo. Ir a envalentonarse porque no sos la única en tetas, hay una mujer, hay un par, una igual a vos que también está en tetas. Y eso te da coraje. Te da fuerza. La unidad te da ganas de seguir luchando. La marcha nunca se trató de mostrar las tetas, siempre estuvo enmarcada en el eje de ser libres. Nosotras no tomamos la decisión de no mostrar las tetas, no somos libres al usar bikini, corpiño y/o remera. Creemos que sí, que lo hacemos porque así estamos más seguras. Y quizás lo estemos. Deberíamos poder elegir usar corpiño. Pero la realidad es que para que haya una libre elección, la posibilidad de estar en topless debería ser real y no juzgada social e incluso penalmente.

Hacer una lectura del Tetazo como minas que quieren mostrar las tetas, provocar, hacer lo que hacen los hombres es erróneo. Tiene un trasfondo más serio que este. Que a la vez permite esta fuerte indignación, repudio, molestia y rechazo por la reticencia al cambio social. Ya no estamos hablando de mujeres violentadas y asesinadas por el machismo, de hombres violadores, de muertes por aborto ilegal, precarización laboral, brecha salarial o la incapacidad de acceder a determinados ámbitos sociales por el simple hecho de ser mujeres. No se habla de ítems que nos convocan a todxs por el simple afán de ser o quedar políticamente correctxs. Tampoco se pide punitivismo como solución (errónea) a todos los problemas de violencia machista ni se reclama específicamente en contra del abuso policial. Sí, hubo un patrullero pintado de rosa lavable. Pero también estuvo presa Belén por un aborto espontáneo, Higui por apuñar en defensa propia a uno de sus diez (no uno, DIEZ al mismo tiempo) agresores sexuales, los acusados en el caso de Melina Romero ahora sueltos, una niña de trece años encerrada en la comisaría n°26 de Rosario para un circuito de red de trata de blancas y la lista se hace infernalmente extensa. Pero el patrullero dañado y las paredes pintadas son las verdaderas víctimas que se instalan para que esté eso en discusión y lo demás se pueda seguir barriendo, empalando y finalmente desechando en una bolsa de consorcio.

El tetazo habla específicamente de cambios culturales, habla de autoestima, de liberar tabúes. Habla de liberar represiones. Habla del feminismo como libertad. Las tetas, como las mujeres, pertenecen al ámbito privado. Es una parte del cuerpo sumamente interpelada a través de la sexualidad y el sexo que es un tópico tabú, sea entendido como práctica o como componente que nos distingue del otro género. No se habla por pudor, es un tema que se encierra en lo íntimo y hablarlo en otro lugar es de mal gusto, es polémico.  Incluso la falta de comunicación es lo que provee un mal sexo. Es otra construcción social que se impone como “natural” (al igual que el género) de la cual se pretende que todxs sepamos de todo del sexo pero, a la vez, no se educa, no se habla y si sos mujer, no se goza. Uno se la pasa haciendo chistes con sexo o mismo consumiendo material hipersexualizado que envuelve a los cuerpos femeninos en la televisión durante horas y horas. Es contradictorio que sea algo tabú, que de vergüenza e incluso miedo hablar al respecto. Los hombres si hablan de esto tienen que ser unos campeones machos cogedores y nosotras debemos tener sexo, que se sepa qué pasa entre nuestras piernas pero tampoco ser unas putas reventadas. Los senos femeninos están fuertemente vinculados al tabú de los cuerpos: en su mayoría las mujeres que rodeaban al obelisco tenían cuerpos que no cumplen con el rígido estereotipo predeterminado socialmente. En otras palabras, no eran cuerpos prestados al consumo. Y los que sí lo eran, también estaban allí para luchar, para decidir genuinamente mostrar las tetas y no para vender un producto o satisfacer un deseo varonil. Estaban ahí, expuestos en libertad. Luchando en contra de las construcciones sociales sobre la sexualidad como algo únicamente asociado a lo privado y de lo que se debe practicar pero no hablar públicamente. Porque hacerlo público deviene en una condena social. Y efectivamente, así fue. Cuando las mujeres salieron con los pechos al aire para amamantar a sus bebés luego de que la policía prohibiera a una mujer hacerlo en una plaza, todxs lo aplaudimos. Nadie dijo nada porque ser madre y darle de comer a tu hijx es algo que está bien visto para la mujer, es algo esperable que definitivamente está bien y deberíamos poder hacerlo en el horario y lugar que queramos. Pero el tetazo fue condenado porque eran mujeres haciendo saber que existe la capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y dejar de ser objetos sexuales. Involucró la necesidad de desligar la sexualidad del tabú y del consumo para transformarlo en placer y en libertad de decisión. Y eso es un proceso que nos convoca sin barreras de géneros.

Entonces sí, soy feminista y estoy enojada. Porque nos reprimen, nos masacran, nos empalan, nos ridiculizan, nos violentan y nos humillan en los espacios privados y en los espacios públicos. En las comisarías no toman nuestras denuncias, se nos cagan de risa si el hombre de la casa nos faja, nos hacen sentir culpables e inseguras de nosotras mismas para que nos puedan manipular con facilidad y provocan el odio entre mujeres. Sí, soy feminista y me lleno de rabia, me pongo a gritar. Porque es el enojo el motor que me genera las ganas de levantarme todos los días y luchar en solidaridad con las mujeres, se sientan o no representadas con lo que levantamos como banderas. Es la rabia y la angustia la que me moviliza. Me chupan mis dos ovarios si eso molesta. Porque no pretendo gustar ni dejar conforme a un sistema que reproduce en todos lados una relación de desigualdad social y diferencia con privilegios. Y si estar enojada es ir en contra de todo lo socialmente establecido para la mujer, históricamente sumisa y callada, entonces sí: estoy furiosa.

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