El rock aburre

Por Sebastián Morales.

Qué intensos nos ponemos los melómanos (según el diccionario debo ser eso) cuando escuchamos o hablamos de música.

Ni hablar cuando le queremos pasar nuestro disco favorito a algún amigo para meterlo en esa banda que te voló la mente en un par de acordes. Tuve ese pico de intensidad un poco antes de la adolescencia cuando realmente conocí Internet (el mejor invento del mundo): Ares, Youtube, Grooveshark, torrents y todo lo que implique escuchar en mi mp3 ese tema que cazaba de MTV o Much en la tele. También influyó mucho lo que escuchaba gracias a los discos de mis viejos. Me lo pintaron siempre como lo mejor, porque les pasó lo mismo que a mí en su adolescencia e incluso después de ella. Y así repetía el proceso hasta tener una buena base ilegal de música para divertirme un rato.

Arranqué la secundaria y un par de mis compañeras de curso estaban obsesionadas con uno que parecía tener nuestra edad y se estaba haciendo conocido: Justin Bieber sacaba su primer disco, My world, y recuerdo haberlo escuchado en la radio más de una vez por semana. Mi reacción fue de la más infantil: que tiene voz de pito, que aguante *inserte banda que no escucha nadie de mi edad acá* y toda la fruta que te pueda tirar un pibe de 13 años. Mismo caso con todo lo otro que pasaban en los boliches. Por suerte, ser así de termo me duró poco; Baby es un temón.

Y es un comportamiento que sin dudas se sigue repitiendo todos los años en otra gente. De hecho, esta reseña, opinión o como quieran llamarlo es respuesta a alguien que apareció medio preocupado, quizás enojado, en el Curious cat de este blog y lo está viviendo.

La música ha pasado por múltiples transformaciones que son causa de lo que podemos encontrar ahora, pero fueron los últimos 20/25 años los más influyentes en el estado actual de la industria musical. En los 90, el pop empezó a tener más relevancia gracias al trabajo casi sigiloso de los productores, quienes todavía siguen imponiendo su marca en toda lista de hits de cualquier servicio de streaming y en el Billboard, algunos de los factores directos de los premios Grammy, la gala más importante de la movida. En consecuencia, pasó a ser una moda, al igual que la cumbia, el reggaetón y el electro en la actualidad, por nombrar algunos géneros, mientras que el rock pasó a un segundo plano. El rock aburrió.

Fue una moda durante un largo tiempo, pero como le pasa a todas, su tiempo de fama llega a su fin y empieza a verse como bicho raro para el consumidor promedio. Y un poco lo es, porque su esencia o característica es casi opuesta a la del pop. Este último se caracteriza por tener melodías simples, estructura básica y percusión pegajosa. Es una fórmula que justamente está hecha para pegarla y que adoptaron los otros géneros que mencioné más arriba. El rock también, eh, pero es verdad que ya no es el mismo de antes y el popular no es el que algunos esperamos.

Sumado a la falta de interés masiva por lo dicho más arriba, lo más conocido es parecido o idéntico a algo que ya salió en las últimas 2 décadas del siglo pasado. O al menos eso pasa acá con el rock barrial. Eso produce cierta decepción en el fan de los 60 que no puede soltar a Hendrix o el que se encierra en el Back in black y el cuarto disco de Led Zeppelin. Es la sensación de la falta de originalidad en la música actual conocida, pero no me parece que por ello tengamos que devaluar a otras que sí buscan innovar o diferenciarse.

Es verdad que no existe más un David Bowie, Pink Floyd o los Beatles, pero tenemos combinaciones maravillosas de artistas de esa época como Muse, Radiohead, Arctic monkeys y los Strokes, por dar algunos ejemplos que son muy conocidos y de alguna forma innovaron en el género durante estos últimos 20 años. Acá también tenemos exponentes de menor porte, como Eruca sativa, y otros ya casi desconocidos de la escena local que conforman el movimiento -mal llamado- “under”. Tengo la suerte de tener amigos que comparten mi afición por la música y me han mostrado bandas terribles como Mustafunk, Temporada de tormentas y tantas otras que se las juegan por tener su propio sonido y un lugarcito en nuestras listas de Spotify o repisa de discos.

Habiendo dicho esto, celebro la diversidad que podemos encontrar a cualquier escala de popularidad gracias a internet (de nuevo, el mejor invento del mundo) y que lo que escucho sea así: diverso, lleno de opciones y géneros. Pasar de cebarme con el riff de Paranoid android a los coros y el bajo de Side to side, mientras busco algo del indie más cabeza de la ciudad para después seguir con el último de Bruno Mars. Estamos rodeado de todo eso y más para que busquemos y disfrutemos a nuestra manera.

Y si nos gusta a nosotros, qué nos importa si la pegan más o no?

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