La sororidad es nuestra arma

Por Natalia Fernández.

Hay cosas de otra mujer que podemos comprender –no se si mejor pero al menos no desde tan lejos– siendo mujeres, ya sea por habitar un cuerpo similar, por las experiencias cotidianas ligadas a nuestro género o por la construcción de mujer que seamos y que seguro nos vincula. Hablar con otra mujer, contar con ella, puede salvarte la vida. Literalmente.

Así de concreto como el rebrote brutal de machismo sanguinario que estamos atravesando en nuestro país, es poderosamente real el rebrote de feminismo, organización y sororidad que surge como respuesta. La hermandad entre mujeres es el primer paso, es el cimiento, es la base de la lucha que nos reúne. No es un plan a futuro: es aquí y ahora. La hermandad entre mujeres no jerarquiza, no establece rangos, ni roles. No hay víctimas que reciben ayuda: es comprender y tratar a la otra en igualdad de la diferencia, con lo difícil que esto nos resulta.

Solas no se puede. No es de a una. Es todas juntas, todas y cada una. Aunque no lo sepamos, los avances y cambios que hacemos en nuestras vidas los hemos tomado de otras, otras que antes lucharon para todo lo que hoy tenemos. Y hoy nos toca a nosotras luchar por todo lo que nos falta. Los vínculos elegidos nos refuerzan. Somos reflejo de esas otras con las que caminamos.

Somos todas mujeres, pero no la misma mujer. A cada una nos atraviesan problemáticas, particulares y específicas, que deben abordarse de manera específica también. Nombrarnos es una decisión. Tratar de igualarnos le quita valor a cada circunstancia, niega, normaliza, naturaliza. Como el patriarcado.

A las más jóvenes, las más expuestas, presas de un sistema que expone al drama como motor, al amor sufriente. Para las trans y travestis invisibilizadas, estereotipadas, burladas, maltratadas con total impunidad por la policía, la justicia, el mundo laboral y la sociedad. Como nosotras, pero con un agregado de repulsiva discriminación y estigma por su identidad, por su construcción e identidad femenina disidente.

Para las trabajadoras sexuales: mis ideales no pueden minimizar sus pedidos, avalar su estigmatización, su discriminación, su precariedad laboral. Mi moral no puede permitir que se le nieguen derechos a la otra, tengo que barajar y dar de nuevo. Estamos jugando para el enemigo que (lamentablemente siempre es necesario aclarar) no es el varón, es el macho.

Estamos solas, con un Estado que nos da la espalda, que nos niega, que no da respuesta al pedido y reclamo que significó el masivo paro de mujeres del 19 de octubre. Paro en el que las voces de compañeras y referentes del movimiento de mujeres se unieron en un documento con puntos claves como el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, el desempleo y el ajuste para con las mujeres, los travesticidios, el trabajo no remunerado, la complicidad de todos los poderes y fuerzas en las redes de trata a la vista de todos, el neoliberalismo sobre nuestros cuerpos, el desmantelamiento de programas y espacios para nuestra educación sexual, entre otros pedidos específicos. Tenemos que estar la una para la otra porque es con todo lo que contamos.

Las mujeres somos luchadoras natas. Lo reconozco, porque el mundo es diferente de lo que era antes. Tengo más oportunidades hoy de las que hubiera tenido hace 50 años. Las cosas cambiaron. Aún así, no estamos seguras por el solo hecho de ser mujeres. Hoy elegimos hablar, gritar, salir a la calle como lo hicieron tantas en el pasado, como lo seguirá siendo hasta que nuestra realidad cambie.

Trato de no usar más la frase “mujer fuerte”: a esta altura es casi una redundancia. Las mujeres tenemos hierro en los huesos. Una mujer fuerte es cualquier mujer. A veces soy yo, y a veces sos vos. Pero siempre somos todas, en busca de un cambio personal y colectivo. Hoy elijo caminar junto a otras que quieren sacudir los cimientos de un sistema que no las ve a ellas como ellas se ven a sí mismas. Lo elijo hoy y todos los días de mi vida.

Estamos de cara a un hecho histórico: el paro internacional de mujeres. Nuestro reclamo ya es imposible de desoír, estamos en marcha, trabajando, moviéndonos, creando redes, plataformas donde debatir, conocernos, intercambiar experiencias. Sumate: eso que pensás, ese dolor que sentís por las 57 compañeras que perdimos en este año es parte del feminismo. Conectate con nosotras, tenemos tanto para decir. Confiá en nosotras.

La sororidad empieza, como la violencia, en la mirada sobre mí misma y sobre la otra. ¿Qué pensás cuando mirás a otra mujer mientras volvés a tu casa en el colectivo? ¿Cuánto pesa? ¿Si tendrá novio? ¿Si será torta?

Mirala de nuevo: a ella la oprime lo mismo que a vos, lo sepa o no aún. Ella necesita mucho de lo que vos necesitas. Mirar a otra mujer a los ojos debe ser un saludo de hermanas, un decirle: “yo estoy. Si te hacen algo salto por vos. Nos tenemos”.

Hermanarse con otras, con todas, es un pacto político de género. Reconocemos y respetamos a la otra, sea quien sea y como sea que elija vivir su construcción femenina personal en un sistema, que por esa condición, se mete en cada área de su vida, coartando su libertad como lo hace conmigo o con vos. Siempre, desde hace miles de años se meten con nosotras. Es hora de que dejen de hacerlo con todas.

Ya no somos “hijas únicas”, todas tenemos hermanas. Nos tenemos.

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