Querido patriarcado

Por Valentina De Rito.

‘Salí, no estoy haciendo nada’

‘¿Adónde se las llevan? ¿Por qué se las llevan?’

‘Comisaria primera, comisaria primera’

El cierre de una jornada que suponía un espacio de liberación, un llamado colectivo de las mujeres en todo el mundo clamando por aquello que, por naturaleza, nos merecemos, culminó con gritos de auxilio, con alaridos de miedo, con preguntas sin responder y una plataforma mediática que, una vez más, vuelve a encubrir lo imperdonable, a avalar lo perverso.

¿Qué ocurrió ayer, pasadas las diez de la noche, en los alrededores de Plaza de Mayo? La respuesta es esta: tras la dispersión, en su mayoría, de las mujeres que habían marchado durante todo el día, aquel que, valga la redundancia conmemoramos como el Día Internacional de la Mujer, un grupo de policías prosiguió a reprimir a aquellas chicas que aún permanecían en los alrededores de la plaza. Las tomaron bruscamente de los brazos, las inmovilizaron con esposas, las zarandearon y se las llevaron a una presunta Comisaría primera, donde posteriormente fueron obligadas a brindar sus datos, se las manoseo y golpeó. En ningún momento, los policías en cuestión brindaron respuestas frente a preguntas como ‘¿Por qué se las están llevando?’ o  ‘¿Qué están haciendo? ’

Afortunadamente, tenemos las respuestas a este último y, muy coherente, cuestionamiento. Al momento de su brutal detención, un grupo de estas mujeres estaba bailando en plena calle, festejando por la jornada vivida, mientras que otras cenaban en una pizzería de por allí.

Al momento en que las reprimieron, estas chicas danzaban, estas chicas cenaban.

Con el transcurrir de los minutos posteriores, muchas de las mujeres que habían logrado evitar ser despiadadamente reprimidas tomaron la piel de aquellos que hoy por hoy no hacen más que reivindicar actos perversos como el que acababa de ocurrir frente a sus ojos: los medios de comunicación principales de este país. Tan solo basta investigar dónde estaban los medios enseñándole a la gente cuando, tras una multitudinaria marcha por los derechos fundamentales por la igualdad, la policía federal había procedido a violentar un grupo de féminas que no hacían más que festejar bailando o comiendo con sus amigxs. La respuesta: No estaban. Sin exhibición audiovisual que permitiese hacer saber a sus compañeras luchadoras, sin medios para que se observase el terror que muchas de ellas estaban viviendo, sin forma de siquiera avisar a sus padres que no podrían llegar esa noche a casa, uno podría asumir que estas chicas estaban solas.

El Estado que debería haberlas asistido no solo se dio vuelta en su contra una vez más, sino que contribuyó a propinar una golpiza más, un acallamiento más de voces desesperadas aullando por derechos humanos, derechos fundamentales, derechos que no gozamos y derechos frente a los cuales, ayer, nos volvieron a cerrar las puertas.

Pero, si hay algo que este Estado corrupto, machista y cómplice no comprende es que nosotras ya no estamos solas. Y jamás volveremos a estarlo. Lo que este Estado corrupto, machista y cómplice no puede concebir es que cada vez tenemos menos miedo, que después de cada derrota nos volvemos a levantar, más fuertes, más molestas, con nuestro sentimiento de lucha reforzado y listo para combatir una vez más. Lo que este Estado corrupto, machista y cómplice no imagina es que, mientras zarandeaban a nuestras compañeras hacia las comisarías primera y treinta, aquellas que habían conseguido mantenerse en pie lo filmaban todo. Lo compartían. Difundían el mensaje mejor que cualquiera de los medios, quienes una vez más nos ignoraron a nosotras en nuestra guerra contra la injusticia de la que somos víctimas todos los días, jamás podría hacerlo.

Una vez más, fue un grupo de chicas inocentes las que golpearon con los garrotes de la desigualdad y, una vez más, fueron las mismas chicas, compañeras de una lucha que jamás abandonaremos, aquellas que se ocuparon de comunicárselo al mundo, de hacernoslo saber a nosotras, las que nos encontrábamos en nuestras casas, a salvo, lejos de las esposas, los manoseos y los golpes.

Y, chicas, lo lograron. Porque ayer, todas nosotras, en cada parte del país, logramos sentir en carne propia el dolor, la desesperación y la tristeza. Logramos sentir, en nuestra piel, el roce de las calles empedradas mientras que, con los brazos tras nuestras espaldas, nos inmovilizaban para encerrarnos en un calabozo sin darnos motivos para semejante acto. Temblaron nuestras manos, acá y allá, sintiendo la claustrofobia producida por el encierro que supone un camión de policías, en donde nuestros cuerpos ardieron de rabia y de terror mientras que las manos criminales del cuerpo policial, concebido socialmente como la protección de los pueblos, nos tocaban, nos golpeaban. Pudimos percibir en nuestras narices el hedor a medicamentos y productos esterilizantes del Hospital Argerich, en donde tres de nosotras finalizamos nuestra jornada de lucha y reclamos, internadas. En cada una de nosotras, en cada uno de nuestros corazones, palpitó una vez más el sentimiento de aflicción producido por el golpe contra la muralla de abuso e injusticia a la que nos enfrentamos.

Mientras el Estado reprimía y los medios se ausentaban, fuimos nosotras quienes nos ocupamos de hacerle saber al mundo lo que ocurría en la capital de nuestro país, frente a una plaza tan emblemática como PÚBLICA en donde cualquiera debería gozar del derecho de bailar y cantar junto a sus compañerxs de lucha como forma de expresar el júbilo que nos significa saber que estamos juntas frente al enemigo que jamás cierra sus fauces, que amenaza con tocar a cualquier de nosotras, de hacernos desaparecer. El monstruo representado por el patriarcado y la violencia machista y que, día a día, se ve incentivado por la impunidad de todos aquellos que siguen caminando por las mismas calles en donde ayer nosotras doblegamos nuestra batalla. En efecto, ayer, tras un día de lucha, la mismísima policía federal nos quiso volver a matar. Y, hablando por aquellas chicas que pasaron su noche encerradas o internadas en el hospital, una parte de mí duele al pensar que, parcialmente, volvieron a lograrlo.

Durante la jornada de ayer, se nos volvió a tildar de ‘feminazis’. Se volvieron a leer comentarios en las redes sociales como ‘otra vez estas hijas de puta cortando las calles, no puedo volver a mi casa’ o el gran ‘feministas eran las de antes’ y cómo olvidarnos del ‘luchan contra la violencia pero destrozan la catedral, ensucian las paredes y le pegan a un pobre chico que no hizo nada’

‘Están locas’

‘Le faltan el respeto a la ciudad y a la policía, ¿¿CÓMO VAN A PINTARRAJEAR UN PATRULLERO??’

‘Son unas violentas de mierda’

‘Después se quejan si las fajan’.

Y es que el patriarcado se enoja, se queja porque no puede volver a su casa a raíz de que mi lucha ha cortado un par de calles. Es imposible concebir que yo no puedo volver a mi casa porque me matan, me violan, me empalan. Es casi una utopía poder explicarle al patriarcado que aquellas ‘feministas de antes’ eran acusadas de ser feas, razón por la cual no podían casarse y, entonces, no tenían nada mejor que hacer que salir a las calles a reclamar el voto femenino. Porque, si una no existe para satisfacer al marido, ¿para qué existe?

Porque, para el patriarcado, pintar una calle, llenarla de mensajes que a nosotras nos hinchan el corazón de valentía, es un acto de vandalismo, de locura y brutalidad, un sinsentido frente a la justicia que buscamos. Porque al patriarcado se le escapa la correlación que existe entre mi deseo de justicia y la posibilidad de poder exhibir mi cuerpo con libertad, un cuerpo que no es perfecto y que no se ajusta a las medidas ni las normas que tanto nos quisieron inculcar, la idea de que la mujer debe ser delgada y femenina para ser mujer, de que debe gustarle el color rosa más que el azul, leer revistas amarillistas, pintarse las uñas y soñar toda su vida con tener un bebé.

Es inadmisible para el patriarcado que hoy por hoy mujeres seamos todas nosotras: luchadoras, altas, bajas, flacas, gordas, curvilíneas, con el pelo corto, el pelo largo, las rastas y los mechones verdes. Es inadmisible que seamos nosotras, saliendo de nuestras casas vistiendo tan solo como prenda un corpiño, enseñando nuestra piel pintadas con los mismos mensajes que dejamos en las calles y que, a los dos o tres días, son cubiertas con pintura blanca. Tapadas, de la misma manera en que se tapan centenares de femicidios, de crímenes contra nosotras tan solo por ser nosotras: mujeres que luchan, mujeres que ya no temen ser silenciadas.

Querido patriarcado, las paredes siempre pueden volver a tener su blanco inmaculado pero las mujeres que han sido asesinadas como consecuencia de la violencia machista que día a día es impune no vuelven. Lucía y Ángeles ya no vuelven. Higui aún no ha vuelto a ver la luz del sol desde que se la condenó por agredir a un grupo de hombres que previamente habían proseguido a agredirla a ella, hombres que, hoy por hoy, caminan libres por la ciudad.

Querido patriarcado, sí, pinté un patrullero, el mismo patrullero al que llamé desesperada, entre lágrimas y dolor, la noche en que me tocaron sin mi consentimiento, la noche en que me pegaron, la noche en que me violaron. Querido patriarcado, ¿dónde estaba ese patrullero cuando yo, mujer agredida, lo necesite?

Querido patriarcado, sí, me quejo. Me quejo porque me están matando, todos los días, poco a poco. Me matan al momento en que dos hombres corren tras de mí por la calle mientras camino hacia la facultad aullándome las cosas que me harían si me alcanzaran. Me muero, querido patriarcado, cada vez que me llaman feminazi por querer ser capaz de abortar en un lugar seguro y de forma legal, sin el riesgo de morir o ir presa. Me morí un poco, querido patriarcado, cuando mataron a cada una de mis compañeras que marcharon a mi lado el pasado tres de Junio, pero que no pudieron marchar esta vez, porque ya no están.

Y, querido patriarcado, me morí un poco ayer, cuando desde mi habitación pude ver a través de los mensajes que consideraron importantes como para difundir tan solo luchadoras como yo. Vi cómo se llevaban más chicas, cómo la policía reprimía mujeres inocentes, sin dar explicaciones, forzándolas a caminar hacia el camión policíal que las llevaría a las comisarías en donde serían encerradas hasta nuevo aviso. Me dolió en cada parte de mí, querido patriarcado, oír los gritos en los vídeos de mis compañeras, oír sus llantos, sentir su miedo y su desconcierto: ¿Y yo que hice? ¡¡No estaba haciendo nada!!

Pero, querido patriarcado, yo no puedo y no voy a morir del todo. Porque, después de cada una de las golpizas que nos da la injusticia, todas nosotras nos levantamos una vez más. Porque, y como bien decían algunos de los carteles en la marcha que te cortó las calles impidiéndote volver a tu casa, nos entierran sin darse cuenta que somos semillas. Florecemos una y otra y otra vez por las que ya no están, por las que, en su momento, fueron llamadas feas tan solo por no querer formar una familia y ser capaces de votar tal y cual lo hacían los hombres. Por las que vendrán. Por las mujeres que ayer fueron víctimas de una injusticia más. Por sus llantos y por sus gritos. Por las preguntas acerca de a dónde se las llevaban y por qué, que quedaron suspendidas en el aire, sin respuesta alguna. Porque se las llevaron sin motivos. Por aquellas cuyas muñecas quedaron lastimadas por la presión de las esposas. Por aquellas que golpearon. Por las que están internadas en el Argerich.

Porque, querido patriarcado, creen que eso nos asustará cuando no hace más que impulsarnos a doblegar nuestras fuerzas, aumentar nuestra lucha, florecer aún más fuertes, aún más grandes.

Porque, querido patriarcado, la revolución será feminista, o no será.

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