Máquinas de ansiedad

Por Ivo Elbert.

Un pequeño motor sobre cuyo eje se recuesta un peso descentrado, una matriz de diodos emisores de luz y una membrana que oscila dentro del espectro audible, orquestan un plan maestro. Lenta e inocentemente se infiltraron en nuestras vidas. Se presentaron ocultas, como herramientas dentro de una navaja suiza, hasta que un día fueron indispensables. Hay versiones sofisticadas de estas navajas, con sistemas de inteligencia comparados y adaptados a su usuario, también hay versiones más básicas para el usuario más reacio. De cualquier manera, todas ellas convergen en un centro intangible, paradas sobre los hombros del mismo gigante: internet. Si el gigante cae, la herramienta queda obsoleta, sin embargo es más factible que caiga todo a su alrededor.

Hoy, tanto como son herramientas, los celulares son máquinas de ansiedad. Actúan con precisión matemática, el nivel de ansiedad generado es directamente proporcional a la distancia a mis manos y al tiempo pasado desde mi último desahogo. Si se acciona el motor que los hace vibrar, si se enciende una porción concreta de la matriz de LED (que de otra forma es un espejo negro), si oscila la membrana manifestando un sonido simple como una campana electrónica, la respuesta no tarda en llegar. Involuntariamente estiro mi mano y dirijo mis ojos hacia allí. Hay momentos en que el estímulo no llega. “¿Por qué no llega?“ me pregunto cuando pasa el suficiente tiempo desde mi último desahogo (y por aritmética el nivel de ansiedad llega al punto crítico). En ese preciso momento, tal cual un adicto, vamos a buscar ese estímulo. El celular es el terreno en el cual actúan las aplicaciones como traficantes, tienen nuestra droga y nos cobran por ella una porción de nuestro tiempo y una cuota mensual que se le paga a una de las pocas compañías encargadas de mantener al gigante. Hay algo que no debe ocurrir, ningún buen traficante se debe quedar sin su producto estrella. Twitter no puede quedarse sin tweets. Instagram no puede quedarse sin fotos. Facebook no puede quedarse sin publicaciones. Como la demanda nunca deja de crecer, la oferta crece en cantidad y en calidad.

Las drogas están ligadas a la moda. Cada estilo tuvo su auge y al reinventarse se permiten volver. De cualquier forma, la droga de moda nunca desplaza por completo a las resagadas. En los años 60 estuvo de moda el LSD, en el 2017 están de moda las “historias”. Sin alucinaciones vívidas, las historias son disociantes. Por un lado nos dotan de poder: nos proponen un vistazo a un momento de la vida de quien las comparte. Por otro lado nos dotan de inseguridad e impotencia si estamos del lado emisor: Podemos saber quién lo vio, pero no qué vio ni cómo lo vio. Surgen preguntas sin sentido, conclusiones sin fundamento. Como extensiones digitales de nuestra vida, no están exentas del ojo crítico del otro y tanto lo sabemos que las compartimos para vernos a nosotros mismos desde esos ojos. Como nos analizamos en un espejo, analizamos ese reflejo quizás en busca de imperfecciones, quizás en busca de aceptación, quizás en busca de ostentación. Una vez abandonada la acción, el ciclo comienza de nuevo, el cronómetro se reinicia y el micrómetro comienza a medir. Es cuestión de tiempo y de distancia para que la abstinencia llegue en forma de ansiedad. Para ese momento ya habrá más oferta. Habrá más para mirar. Habrá más para compartir.

Como cierre quiero dejar ciertas aclaraciones:

La cuestión moral queda premeditadamente afuera del texto por cuestiones ideológicas. No creo que haya un bien y un mal intrínseco en una herramienta. Sí creo que hay un bien y un mal en el uso que se hace de ella. Aunque lo escrito tenga connotaciones negativas, las mismas surgen de mi uso y abuso de la herramienta en cuestión. El texto se debe leer como una interpretación del impacto de esa droga sobre quien les escribe y no sobre el ente completo de la humanidad. Además, su protagonista también es impactado por incontables otras drogas y con muchos de ustedes, lectores, ocurrirá igual. El conjunto de la presión social y las confusas metas personales hacen de quien les habla un blanco sobre el que golpean certeros dardos de cuestionamiento y experimentación. De allí que no quiero ni me siento calificado para juzgar sus acciones, sus vicios, ni sus pasatiempos. Dicho y hecho, hasta la próxima.

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