Estoy desaparecida

Por Macarena Farías.

Si hoy tuviesen lugar los eventos acaecidos el 24 de marzo de 1976, con las salvedades que pueden señalar quienes tienen un panorama y una lectura socio-económica e histórica indiscutiblemente mayor a lo que mi enfoque paupérrimamente básico puede apuntar, yo estaría desaparecida.

Simple, conciso y duro. Yo, Macarena Farías, 18 años, ex-alumna del Superior de Comercio, miembro de su centro de estudiantes, escritora en una revista cuya esencia apunta a publicar y difundir pensamientos de diferentes jóvenes ideólogos, estaría desaparecida. Usted, lector, es probable que también.

En una realidad en la que la ideología y la denuncia colectiva se han conseguido posicionar como moneda corriente, en el período que trajo esta fecha oscura, elevar la voz contra la violación de los derechos humanos era razón más que suficiente para terminar alejado del mundo que conocías, torturado en un depósito de quien-sabe-donde.

2017. Entramos a nuestros centros educativos: facultades empapeladas en panfletos, banderas y boletines, escuelas con centros de estudiantes tanto emergentes como consolidados hace años, haciendo converger una multiplicidad de voces en una sola, enseñando a través del ejemplo a las generaciones presentes y venideras que nuestras acciones pueden lograr cambios y que la adversidad siempre puede ser conquistada.

Cuanto más introspectivos nos volvemos circundando el tópico, cuanto más pensamos en la gente que nos rodea y su accionar, aún más se abren nuestros ojos a la dolorosa e inminente verdad: casi todos a quienes conocemos o con quienes alguna vez nos hemos relacionados estarían, en efecto, desaparecidos.

La censura, el abuso de poder y la negligencia a nuestros derechos siguen vigentes sólo que hoy contamos con el empoderamiento y las herramientas que nos dejaron como herencia quienes transitaron la época más oscura que nuestra república, en tiempos modernos, atestiguó.

Es hoy el día para conmemorar a todos aquellos quienes alguna vez soñaron con un presente diferente y se vieron con las alas cortadas, desgarradas y violadas. Es hoy, más que cualquier otro día, que tenemos que despojarnos de nuestra identidad para tomar la de ellos, porque se las arrebataron. Es hoy cuando tenemos que inflar el pecho por aquellos que quisieron -y jamás pudieron- ser arquitectos de su destino, ideólogos de su existir. Hoy, una vez más, decimos juntos nunca más.

La reflexión que siempre acompaña este día me deja con la más amarga conclusión: si hoy empezase la dictadura, tendría los días contados.

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