La noche que vinieron

Por Santiago Montorfano.

La noche en la que ellos llegaron fue una noche igual a cualquier otra. El cielo, cuya oscuridad se encontraba salpicada por las distintas estrellas, cubría la ciudad como un manto infinito. De repente, esa oscuridad se quebró; una luz iluminó todo, un estruendo que nadie escuchó rompió la tranquilidad nocturna. Y luego todo volvió a la normalidad.

Al día siguiente, los vecinos se levantaron. Nadie había visto nada. Nadie había escuchado nada. Nadie se había siquiera percatado de lo que había pasado la noche anterior. Pero todos sabían que había pasado algo. No podían explicarlo, no lo decían, pero lo sabían. Algo había pasado; algo que había perturbado la tranquilidad nocturna del pequeño pueblo de Bella Vista. Podías notarlo en sus caras. Pero, como tantas otras cosas importantes, fueron ignoradas. Costumbre humana, podríamos decir.

El día transcurrió con total normalidad. Los niños jugaron en las plazas, corrieron por las veredas y disfrutaron de sus helados. Los adultos conversaron sobre sus trabajos, sus negocios y sus ganancias, todos sabiendo que algo había pasado pero sin saber qué. Se juntaron en sus casas, comieron sus cenas y hablaron con sus familias. Los padres acostaron a sus hijos, que mencionaban cosas de ciertos nuevos amigos invisibles, sin hacerles caso, como a tantas otras cosas importantes. Los adultos se quedaron despiertos un rato más, charlando sobre el día que habían tenido, la película que habían visto la noche anterior o el auto que se querían comprar. Más tarde, los adultos también se fueron a acostar.

Y cuando los adultos se fueron a acostar, ellos aparecieron. Habían estado todo el día escondidos, invisibles. Hablando con los niños. Averiguando las costumbres, los hábitos de cada familia. Sus debilidades. Sabiendo que nadie iba a escucharlos más tarde, cuando les dijeran a sus padres que tenían nuevos amigos invisibles. Una a una, las puertas de las casas del pequeño pueblo de Bella Vista se iban abriendo, dejando entrar a unas extrañas figuras de aspecto humanoide por demás perturbador y de un color tan oscuro que solo se podían ver debido a la luna llena que bañaba la noche. Entraron a cada casa del pueblo y en cada casa del pueblo se dedicaron a subir por las escaleras hacia las habitaciones donde los habitantes del pueblo de Bella Vista dormían, ajenos al peligro.

Era una noche sin nubes, con una luna llena que iluminaba todo. Era una noche tranquila. De repente, un grito de miedo y de desesperación, proveniente de la habitación de una de las tantas casas, quebró la tranquilidad. Y luego otro. Y otro. Y otro más. Y así hasta que todo el pueblo de Bella Vista fue una sinfonía de gritos de personas que sabían que era su fin y que ya era muy tarde como para hacer algo al respecto. Y luego, de un momento al otro, el silencio reinó otra vez.

Al día siguiente, nadie jugó en las plazas, nadie corrió por las veredas y nadie habló sobre sus trabajos. Solo había casas vacías, en el pequeño pueblo de Bella Vista.

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