Bernardo

Por Phillippa.

El viaje es largo, y cada posición en el auto está ocupada. En el baúl, nos manejamos para poner tres valijas, dos mochilas, un bolso y un tupper con las empanadas de la abuela. Miro por la ventana todo el paisaje, al lado mío, mi amiga Melina, quien lleva su perra dormida en el regazo. El padre de Melina maneja rápido y, al lado, de copiloto, va Zulema, la abuela. Sandra va en la otra ventanilla, medio dormida medio despierta porque Yaqui, la perra, dormida ronca y con los bigotes le hace cosquillas en la mano.

Todavía faltan por lo menos cinco horas de viaje para llegar a San Bernardo, donde la familia de Melina me invitó a quedarme diez días con ellos. El retraso de nuestra partida se debe al mal funcionamiento de los frenos del auto. «Ya está todo arreglado, igual», me tranquiliza Alejandro, cuando nos ponemos a comer empanadas en la estación de servicio de Piplina, un campito de camino. Cuando está todo listo nos subimos al auto, ahora yo en el medio, con Yaqui arriba mío, y partimos nuevamente.

Juego con mi celular un rato, tratando no moverme, porque Yaqui es cachorra e inquieta y, si la despierto, los arañazos empiezan de nuevo, va a querer jugar o nos va a morder los dedos como juguetes (y, si llega a oler el alfajor que tengo en el bolsillo, se asoma una catástrofe). Decido dormirme, aunque es incómodo porque Yaqui me pesa y me esta llenando de baba, me pica la nariz y el broche del cinturón de seguridad me lo estoy clavando en la espalda. Mi cansancio es más fuerte y cada vez me pesan más los ojos. Entro en el limbo de dormida/despierta y ya dejo de sentir el peso de la mascota en mis piernas o el calor de su baba o el broche del cinturón que no me puse, me siento volátil. Hasta que siento un estallido. Porque no lo escucho, lo siento. En la cabeza, en el hombro izquierdo, en el pecho que me arde, en la rodilla húmeda. Lo sentí como los gritos que siguieron, lo sentí como los quejidos de Yaqui, como el llanto de Melina, como la tos de Alejandro, como la respiración entrecortada de Sandra, como el silencio de Zulema.

No vi negro, vi azúl, porque el agua en mis ojos distorsionaba los colores ante mi presente y el dolor de mi cabeza no me dejaba percibir las sensaciones.

Manos.

Decenas de manos es lo que sentí en mi cuerpo, lo que parecieron años después. Manos y voces. Luces y oscuridad. Mi mirada fija en la Luna que se asomaba detrás de la oreja de un médico.

Frío, calor, me faltaba el aire.

Uno, dos, tres. Tengo un tubo en la garganta.

Uno, dos, tres. Tengo el pecho duro.

Uno, dos, tres. Me arden los ojos.

Uno, dos, tres. Pip. La máquina es ensordecedora. Un chillido que me perfora y me siento una lunática porque puedo jurar que acabo de ver sangre en el piso. Mi sangre.

Un golpe en el pecho y lo que temblaba en mi y sacudía mi cuerpo se detiene. Siento que puedo respirar. Mis ojos más abiertos que nunca, tal vez porque los dedos de un médico me obligan a tener los párpados abiertos o porque caigo en cuenta de lo que acaba de pasar.

Frenos, grito, choque, vidrio, golpe, vuelo.

Vuelo.

Empiezo a llorar desconsoladamente, me muevo a pesar del dolor, me siento atada, me siento inmóvil. Y lo pienso bien, porque en realidad no siento mis pies, solo siento la piel que le arde en las costillas y un chillido en los oídos.

Intento decir mi nombre. «¡Felipa!» grito, pero no me escucho, «Melina, Sandra, Zulema», nada.

«Buenos Aires», lloriqueo, y solo veo una mirada de pena de una persona que no conozco.

Intento decir mis datos, mi apellido, mi número de DNI, el nombre de mi mamá, pero todo es un sonido ahogado y me cuesta como si tuviera que remar en la superficie árida de Marte.

Me doy por vencida porque el dolor es tanto en cada movimiento, como si me clavaran mil espadas.

Solo renuncio y lloro porque no entiendo, porque tengo miedo, porque nadie dice nada más que palabras que no comprendo.

Y cierro los ojos, y me imagino el mar, a Melina al lado mio, nos reímos y jugamos cartas.

Siento la arena en los pies.

Cierro más fuerte los ojos y puedo oler el mar.

Más fuerte y me imagino todavía en el auto.

Más fuerte y escucho el ruido de la peatonal.

Más fuerte y siento la lengua de Yaqui en la cara. Me despierta.

Estamos en San Bernardo.

Estamos.

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