Eran las tres de la tarde

Por Ignacio Brasca.

Eran las tres de la tarde, el calor de verano en la ciudad de Rosario era lo más parecido al infierno. Despertaba hacía instantes de una siesta violenta: boca seca, labios resecos, mente aturdida, ojos enceguecidos, un sueño del que recordaba no más que una soga, un arma y un hombre. Este era alto, flaco robusto, las piernas le sentían pesadas y se movía con lentitud desde una esquina a la otra, observándome a mí y a la soga. Como instinto, como si hubiera entrado en razón de que me había dado cuenta que estaba soñando, se arremete contra mi pecho (que lo sentía algo desubicado) y me toma del cuello, segundos más tardes, despierto donde ahora relato.

Es interesante el comportamiento de los sueños. Algunos son como el viento, a veces suceden y no nos molestan más que una simple molestia que nos recuerda “estuviste soñando”. Otros nos hacen el día molesto, imposible, como si de otra realidad se tratara. Hoy es martes, tres de la tarde. Me lo recuerdo para saber que este día, hoy, calor inferno, tuve el peor sueño de mi vida. Los sueños son una necesidad morfológica, una necesidad de sentir más allá de cualquier parámetro real.

Todo el proceso que conlleva cambiarme me lo tomé con calma, visualizando la ropa y el desorden, miré la ventana y solo escuché silencio. Las nubes formaban O’s en el cielo que estaba celeste eléctrico. Sin embargo, algo andaba mal, los autos no conducían, las bocinas no sonaban, los pájaros no volaban. Era inexplicablemente raro no sentir ruidos en Rosario, parecía casi como si de un sueño se tratara, no sonaba nada. Empecé de a poco a sentir una presencia extraña por sobre mis hombros, algo que me contenía para no gritar, sinceramente no podía hablarme ni escucharme. Intente zapatear el piso de madera, nada, rascar la pared, nada. El sonido era sordo. Corrí asustado al baño, me mire en el espejo y todo era normal, todo estaba en orden, mis arrugas cada vez más viejas, mis pelos cada día menos conforme con mi casco y parecía que discutían y se marchaban, dejándome entradas considerables. ¿Qué sucedía que no escuchaba? Estoy considerando seriamente que es como en ese documental, que uno despierta y algunas partes de su cuerpo siguen durmiendo, tal vez mi oído todavía quería descansar.

Conforme el tiempo pasa, el día se me hace cada vez más imposible. El vecino, quien asoma una mirada junto a algún chiste de mala muerte (que odio) cada vez que salgo de mi puerta, no me dijo ni mú, callado como piedra limpiaba su entrada casi como si se hubiera olvidado de mí. Lo salude, me miró como si mi piel fuera papel y siguió haciendo lo suyo.

Todos tenemos un mal día hoy, supuse.

Seguí caminando a la farmacia, unas aspirinas vendrían bien aunque tal vez un café surtiría efecto más rápido.

Las máquinas automáticas son el invento que nos hacía falta, nos convierten en esclavos ellas a nosotros mientras las miramos. El café estaba listo, pero frío, como el hielo. Trago a trago, sentía como en mí no había nada más que polvo y aire. Era el peor café del mundo y todo culpa de las máquinas, las malditas máquinas automáticas. Mientras esperaba terminar el horrible café, me gustaba siempre contemplar el panorama que me presentaba el bar, un vidrio pleno al que yo llamaba vidrial, casi como una vitrina de personas caminando, un constante lienzo, la mejor pantalla para ver y pensar. Se veía la plaza y algunos árboles medio muertos por el invierno. El silencio en mí ya era costumbre, me había acostumbrado a no escuchar a nada, por más extraño que parezca, era cómodo. Era una constante charla con mí ser.

Salude al irme, nadie me dirigió la palabra.

¿Qué sucede? ¿Hoy es el día del mal día?

La caminata continuó, desde mi casa a la plaza, desde la plaza a un bar que recurría siempre, desde el bar al río, todo estaba vacío. No de personas, sino de conversaciones. Nadie hablaba, nadie me miraba, nadie me sentía y quería sentir la presencia de alguien, y nada, es que existe esa forma de reconocernos cerca, una especie de distorsión en el ambiente, más denso que nos asfixia. Es tan horrible la sensación de que algo anda bien y, en realidad, no saber bien qué anda muy mal y sentir esa necesidad de gritar y socorrer ante cualquier dolor, cerrar los ojos en busca de algo de paz y un lugar donde estar, encontrando así un sufrimiento que no se detiene motivado por la única gana, la de no estar mal. Supongo que será la hora, como los minutos de cualquiera, que me asoman entre relojes que no veo ni quiero ver. Ahora, que miro y los árboles parecen estar más quietos, sabiendo que los miro, puedo entender que todo es una simple idea; las risas, los llantos, el odio, el amor, la soledad, la amargura, el desgano, la lujuria, todos somos títeres que controlan nuestros deseos más oscuros y perfectos, que por supuesto, nadie se anima a comentarles la incomodidad. Tal vez hoy, entre tanto silencio y macumba, hoy y solo ayer, fui alguien más que la suma de mis instintos, alguien que no necesitó mirar al espejo para salir a la calle, tal vez, una voz que nunca cayó o que siempre estuvo en silencio.

No sé.

Nunca lo sabré y, si es que algún día lo sé, tampoco me interesaría escribirlo.

El vacío me llena y me redobla la apuesta, entre tanta sombra y tanta nada, en cada sonido que me dibuja y me escribe para avisarme que estoy bien. Quemo absolutamente toda la divergencia a la que quiero llegar y divago, sin cosquillas que me hagan risa, ni risa que me haga reír. Escribo, casi como fantasma, casi como olvido, casi como nada y aún así, escribo, entre tiempo y tiempo, para no olvidarme de que todos somos nada.

Algunas noches se me da por despertarme destapado, totalmente helado, miro el reloj y no son más de las tres. La noche me mira, desde el marco oxidado de la ventana, y no tengo que moverme mucho para ver las estrellas. El ángulo es justo, ellas me ven al igual que las tormentas nos buscan. Quiero levantarme y algo pesa sobre mí, no un peso acelerado, un peso muerto, algo brusco que me motiva a seguir durmiendo. Acaricio las sábanas como si fuera la última vez que voy a entrelazarme con mis sueños y sigo.

Veo, risas, veo, esteros, veo, árboles. Vuelvo a despertar.

Uno sabe que la noche que nos continúa va a ser larga en el exacto momento donde nuestro cuerpo quiere descansar y nuestra mente divagar. Ahí mismo, uno entiende que cuerpo y alma son dos cosas totalmente distintas, diferenciales una de otra, dipolos que nunca tocaran sus manos. Uno, como ente, presenta la inexistencia de ser quien es, casi en paralelo con el hecho de que justo en ese momento no sabemos qué hacer ni quién ser.

Me gusta mirar, mirar los perros, las perras, los árboles, las hojas, las aristas, los quiebres, los flejes, las esquinas y los cuadros, los bichos, la gente, la desdicha y la mentira. Me gusta mirar y mirarte pese a estar mucho más lejano del verbo y te pienso, con tu forma y lo que acompaña, y te extraño, casi tanto como todos los quiebres del mundo juntos. Es que parece tu forma cuando te imagino y sé, muy en el fondo, que no sos vos. Tu perfil destellado casi oxidado en mi psiquis lo único que renueva son las cosas que quiero darte, como en las tardes que no hay nada y suena el silencio, desdobla el estruendo enorme siempre que chocan nuestros ojos y desdibujan cualquier ambiente, torciendo ángulos y girando perspectivas. Somos giroscopio, no nos importa la catarsis, nos diagramamos un dedo sobre el otro, entre giros y gemidos, transpirando vapor, sin conectores porque un conector deja al lector las ganas de frenar. No frenes. Te miro y lentamente la figura en mi mente comienza a tomar forma sin decir palabras, te acomodas lentamente entre mis brazos y esperas auxilio entre tristeza y perdón, recuerdo una y otra vez, muy en el fondo que quien necesita el perdón soy yo, quien grita auxilio es quien escribe, quien dibuja, quien desea. Y espero que, donde estés y te encuentres (porque no son la misma cosa), me desees tanto como mi ser quiere tu carne. Arrancaría cualquier dogma solo con el propósito de alejarte del mundo y conservarte para mis adentros, y mis pensamientos quieren y mi ser dice que no. Vos no sos lo que yo necesito que seas, vos sos lo que me enamora y eso extraño, ese punto justo entre la realidad de tus límites y las limitaciones de mis fantasías. No hay victoria, no hay derrota. Solo un grito mudo que enmudece a cualquier sordo. Esta lucha entre mis dos verdades deja una sola víctima y ningún victimario, un dilema entre quien soy y quien fui, quien quise ser y a quien trate de ver cuando te miraba.

Encontrá a Ignacio en:
Twitter: @NanoBrasca
Facebook:  Nano Brasca
Instagram: @Nano_Brasca

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s