Salgo por Sarmiento

Por Juan Manuel González Piani.

Salgo por Sarmiento. Mañana de Sábado, raro en mí. Una mañana sin obligaciones y salgo a caminar. Debo estar soñando. Desde un barrio del sur hacia el centro de la ciudad, sin pasamanos, sin paradas interminables, a pata. Aire, calle, luz, ruido, aromas y recuerdos de buenos momentos o algo que no pudo ser, tal vez algo que será si me lo propongo algún día. Con la cámara que no llevo, pero soy, registro al mismo tipo que rutinariamente barre la vereda y fuma su cigarro. ¿Todo es así? Una sucesión de peldaños que suben y bajan, o una cinta de correr que gira siempre frente al mismo paisaje.

Los baches y las señales de cuidado se pierden en el desdén ¿Cuidado con qué? Cuidado con las promesas incumplidas, cuidado del voto robado a pequeñas frasecitas trilladas de políticos lejanos ya. Cada cartel quiere venderme algo distinto y me empuja más hacia el centro. Una formación de  plátanos va dejando atrás el barrio, la vieja escuela toma mates en la vereda. Esta imagen me anima, me alegra, siento en la paciencia de su vejez y en la simpleza de ser, todo lo necesario para saltar a la calle, al papel, a la vida.

Las mañanas son la inauguración de cada día, los reflejos del sol a través de la copa de los árboles y de los edificios que comienzan a levantarse con insistencia a cada cuadra, edificios que tapan algunos destellos de color. Pienso y creo en el progreso, pero también en los vientos y las vistas profundas al horizonte, creo en los animales sueltos y en los vecinos, en nuestros abuelos quienes vivieron un país de promesas, por el cual lucharon y del cual ahora descreen. Difícil pensar una ciudad cada vez más alta, que se despega tanto de la tierra. Y como un carnaval apagado por el sol, las publicidades siguen intentando venderme algo que no necesito, me lo ponen a toda hora, me lo cambian de nombre y de color, de paquete y de sabor. Yo solamente salí a caminar y a ver cómo es mi ciudad después del barrio, a una hora en que los que dormimos soñamos y los que viven ya soñaron hace rato.

Voy por Sarmiento, cruzo la plaza seca, algunos vuelven de la noche, ya no distingo si son algunos o algunas, los colectivos no pasan, las panaderías se presienten y mi camino fue cambiando definitivamente de paisaje. En Pellegrini paro a ver la tapa de un diario que miente y otro que desmiente. Dos que se pelean y otro que ayuda a que se sigan peleando. Ya los baches por acá son menos, más estilizados y con otro futuro aunque no dejan de ser rosarinos.

Pero yo llevo mi cámara y no voy a dejar que los colores se opaquen, ni que los paisajes de mi ciudad nos abandonen y se olviden en bares de siempre derrumbados o en construcciones levantadas para ganar dinero a costa de arrasar nuestros barrios, donde crecimos, fuimos y podríamos seguir siendo nosotros mismos. Voy a tocarle timbre a un amigo que vive en el centro al solo efecto de comentarle todo esto y desahogarme y así, aunque sea poéticamente, hacer que mi ciudad siga siendo mi ciudad.

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