The Sound Inc.

Por Mariela Fernández.

No era la primera vez que me encontraba en esa habitación de hotel barato. Me había dormido temprano, intentando ignorar los malos pensamientos y, cuando me desperté a las dos de la mañana, me sentí desorbitado, pero no tardé demasiado en reconocer mi entorno: el colchón duro, el ruido de los vehículos pasando por la avenida, la luz del televisor reflejándose en las paredes. Ya nadie tenía televisores, aunque a mí me seguían gustando.

Salí al balcón a tomar aire y recordé la propuesta que Fitz me había hecho la última vez que me encontré en esa situación. Decidí llamarla y me contestó con la voz adormilada. Me disculpé por despertarla, pero no tenía a nadie más. No sólo era mi mejor amiga, también era la única persona que conocía que aún tenía un teléfono.

—Si vas a seguir molestándome a las dos de la mañana, voy a considerar tirar esta porquería —se quejó Fitz.

—Voy a hacerlo.

—¿Vas a hacer qué?

—El chip musical.

No estaba realmente convencido de hacerme la intervención, pero estaba desesperado. Pensaba que quizás la música podría despejar mi mente en esos momentos de celos incontrolables.

Así que ahí estábamos al día siguiente, en la sala de espera de The Sound Inc., rodeados de otros sujetos que también iban en busca de música para sus oídos. Mi pierna se movía de arriba a abajo frenéticamente y me dio vergüenza que Fitz lo notara. Ella tenía su chip hacía ya más de un año y le había funcionado de maravilla, por eso intentaba calmarme de todas las maneras posibles.

Cuando el médico dijo mi apellido, me levanté de un salto y quise dejar la campera sobre la silla, pero simplemente cayó al piso y yo seguí mi camino como si nada. Una vez dentro del consultorio, el doctor me volvió a explicar lo que ya había escuchado cientos de veces salir de la boca de todo el mundo:

—El chip musical consiste en un implante colocado entre la piel y el cráneo, cerca de las áreas auditivas del cerebro, y funciona con el pensamiento. Podrás escuchar cualquier canción que se encuentre en la base de datos con sólo pensar en su nombre y el artista, seguido de la palabra play.

—¿Realmente voy a escuchar las canciones?

—Será como cuando tienes una canción pegada, como se suele decir. Pero serás capaz de escuchar todos los detalles, desde los instrumentos hasta las verdaderas voces, y no tu voz interna interpretando las canciones. La base de datos cuenta con un amplio repertorio de música de los tres últimos siglos.

—Ni siquiera puedo imaginarme de cuántas canciones estamos hablando. ¿Cómo hace para caber tanta información en un dispositivo de ese tamaño?

—No se encuentran en el chip, sino en la nube a la cual éste está conectado.

—¿Y la operación es —me aclaré la garganta—… dolorosa?

—En lo absoluto. Aunque puedes sentir una molestia luego, por un par de días.

Aclaradas mis dudas, firmé los papeles correspondientes, pagué lo acordado y me senté donde me indicaron, tratando de controlar el temblor en mis manos. Prefería que me llamaran anticuado antes que despertarme con el cerebro al descubierto, así que elegí la anestesia en vez de la hipnosis. Después de todo, sólo sería un pinchazo.

Cuando volví a abrir los ojos, Fitz estaba sentada a mi lado, sosteniendo un montón de papeles.

—¿Qué tal ese chip, Mike? —me preguntó sonriendo.

Realmente no sentía nada en especial, así que toqué la zona de mi cabeza donde se suponía que estaba.

—¿Ni siquiera me cortaron el cabello?

—Acá dice que sí, pero te aplicaron una loción que acelera su crecimiento —me dijo entregándome los papeles.

Se trataba de un manual del usuario que fui leyendo de regreso a casa, sentado en el asiento del acompañante del auto de Fitz. Gabs se sorprendió al escuchar la puerta porque creyó que ya no regresaría. Si bien desconfiaba de ella la mayoría del tiempo, estaba seguro de que la amaba con locura y el problema era puramente mío. La abracé con fuerza mientras prometía que nunca más me iría de esa forma. Tenía grandes esperanzas de que el chip funcionara correctamente.

Y al principio lo hizo. Cada vez que sentía que Gabs tenía otro perfume en su ropa o llegaba dos minutos más tarde del trabajo, simplemente pensaba en alguna canción y la melodía se encargaba de ocultar cualquier inseguridad que anduviera dando vueltas por mi cabeza. Generalmente elegía escuchar Clocks de Coldplay, que solía ser la canción favorita de mi abuelo y me recordaba a él.

Después de un tiempo se convirtió en un vicio. Ninguna conversación era ya tan interesante como para que yo le prestara atención en vez de a la música. Era tan sencillo elegir una canción y reproducirla, simplemente estaba al alcance de mi mente. Gabs también tenía su chip, pero por alguna razón no estaba tan obsesionada como yo. De hecho, nadie de mi entorno lo estaba. Entonces comencé a creer que el problema era yo. Aunque, cada vez que esa idea aparecía en mi cabeza, la callaba con alguna canción. De esa manera, ya no tenía crisis existenciales, ni sentía celos de Gabs, ni tampoco me permitía sentir nostalgia por el pasado cada madrugada que pasaba despierto. Pero había un sentimiento que resistía el ataque de la música y era la paranoia.

—Si esta cosa puede leer mis pensamientos cuando pido una canción, también debería poder leer todos los otros —le propuse a Gabs una noche antes de dormir.

—¿Para qué querría leer tus pensamientos, Mike? Ni que fueras alguien importante.

Gabs tenía razón, yo sólo era un estúpido creador de videojuegos que, cuando podía, imaginaba escenarios virtuales en su mente. A no ser que el supuesto ladrón de pensamientos se tratase de alguien que trabajaba en mi mismo rubro, no tenía por qué preocuparme.

Como se acercaba el verano, Gabs y yo necesitábamos limpiar la piscina. Cansado de tener que hacerlo yo mismo como todos los años, consideré comprar un robot que se encargara de eso. Incluso antes de escribir algo en el explorador en mi teléfono, una publicidad que ofrecía limpiadores de piscinas apareció en una esquina de la pantalla. No podía ser una casualidad, alguien tenía que haber leído mis pensamientos. Me concentré en bicicletas y, al abrir nuevamente el navegador, ahí estaban. Lo mismo sucedió cuando pensé en helado o en manteles.

De repente comencé a sentirme mareado. Todo el mundo tenía un chip musical en ese entonces y no tenía ni idea de quién estaba manejando la información que era posible obtener a través de ellos. Necesitaba que alguien más repitiera lo que yo había hecho, para confirmar que no me había vuelto loco. Pero si hablaba con Fitz, ellos sabrían que había descubierto el truco. De hecho, ya lo debían saber para ese entonces. Me pregunté por qué nunca nadie se había dado cuenta de esto. Pero la respuesta era obvia. Sí lo habían hecho, pero no tenían forma de informarlo porque probablemente estaban muertos.

Tenía que liberarme del chip. Si volvía a The Sound Inc. y explicaba que me había arrepentido y quería retirarlo de mi cuerpo, seguramente me estarían esperando en la puerta para hacerme desaparecer. Cuanto más tiempo pasaba, más cerca estaba de mi muerte. Así que tomé un cuchillo y, con la vista nublada, corrí al baño. Lo acerqué a la zona donde se encontraba el chip, según el instructivo, pero mi mano temblaba demasiado, así que lo dejé caer. Mi rostro estaba tan pálido que ese hombre en el espejo ni siquiera se parecía a mí. Una vez que quitara ese aparato de mi cabeza podría encargarme de salvar a mis amigos, a Gabs, a todo el mundo. Así que, con esa idea en mente, apoyé el cuchillo justo encima de mi oreja derecha y, con los nudillos blancos, lo deslicé por mi piel. Cerré los ojos por instinto y, cuando los volví a abrir, logré ver el pedacito de metal brillante. Lo tomé con la punta de los dedos y lo saqué de su lugar. El dolor era tan insoportable que ya ni siquiera me sentía dentro de mi cuerpo. Lo último que recuerdo es estar cayendo al frío piso del baño.

Desperté en una cama que no era la mía, ni la del hotel al que solía ir cuando necesitaba alejarme de mi casa por distintas razones. Giré la cabeza en un pequeño ángulo y sentí un dolor punzante al costado de ésta.

—Hola Mike —escuché decir suavemente a Gabs.

—¿Qué me pasó? —le pregunté, llevándome la mano a la zona que me dolía.

—Caminaste dormido, de nuevo. Y te cortaste la cabeza en el baño. Si no hubieras hecho ruido al caer, quizás te encontraba muerto en el piso. El doctor dice que será mejor que dejes de usar la incubadora de sueños.

Encontrá a Mariela en:

Twitter: @chaossplanet

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