VGB

Por Mariela Fernandez.

Odio decir mi nombre. Juliana Mentesana. Así todo junto. ¿Cómo vas a elegir un nombre que rime con el apellido? Es increíble. Mentesana. Mente sana. Hace veinte años que la gente se ríe de mi apellido, desde que empecé primer grado. Me decían mente enferma, ¡qué inteligentes! Él único que no se reía nunca era Ariel. Pasa que su apellido era Montenegro. Y la lista en la escuela era Martínez, Meneses, Mentesana, Montenegro. Entonces, cuando decían mi apellido, él sabía que inmediatamente después venía el suyo y se concentraba en decir “presente”. Y ni siquiera pensaba en reírse.

Ariel y yo compartimos los doce años de escuela y nos volvimos buenos amigos, a pesar de nuestras diferencias. Él tiene ansiedad social y yo, que no puedo quedarme callada un segundo, siempre le serví de escudo, digamos. Nunca logro descifrar qué pasa por su cabeza. Muchas veces se queda ensimismado o prefiere estar solo. Y yo lo dejo, porque sé que él es así. Además es físico, imaginate. Ahora está haciendo el doctorado en algo sobre agujeros negros, qué se yo. Si lo habré visto llorando porque no llegaba a estudiar para los finales. “Juli, te lo juro, ¡necesito como dos semanas más!”. Siempre tan exagerado. Yo lo terminaba convenciendo, iba y se sacaba arriba de ocho.

Mi hermana vive en Córdoba hace unos años. Cierto que tengo que ser más específica. Porque los cordobeses se enojan cuando decís que alguien vive en Córdoba como si toda la provincia fuera una única ciudad. Sabrina vive en Villa General Belgrano, Córdoba, Argentina, América, Planeta Tierra, Sistema Solar y ya me olvidé qué viene después. Ella es más parecida a Ariel. No soporta las muchedumbres ni los ruidos. “Odio Buenos Aires”, solía decirme, “la gente es maleducada y te lleva por delante y tiran papeles en la calle”. A mi, la verdad, me encanta mezclarme entre las personas y mirarlas a los ojos cuando pasan; es increíble cómo se incomodan. Y conoció a su novio y se fueron a vivir allá. Es millonario Lucas. Por eso construyeron una casa y unas cabañas para alquilar. La verdad, no me la puedo imaginar. Si gritaba como loca con una arañita de mierda y en Córdoba hay hasta escorpiones.

Será que yo nunca encontré mi pasión. De periodismo a letras, de letras a ciencias políticas, de ciencias políticas a gastronomía y de gastronomía a diseño gráfico. Ariel dice que es lo más vacío que pude haber elegido. Disculpame, pero las cosas que sabés de física no le sirven a nadie.

A la ida manejaba yo, así había sido el trato. Él eligió la música: The Album Leaf. Lindas canciones, sobre todo para viajar. Ariel y yo estábamos parando en Villa Carlos Paz, otra ciudad de Córdoba. Habíamos comprado un Gol hacía exactamente un mes. Y estábamos re felices porque tenía aire acondicionado. Igual el Duna nos había llevado hasta Puerto Madryn, no nos podíamos quejar. ¡Fue eterno ese viaje! Pero el aire acondicionado… El aire es otra cosa. Ariel se quejó del calor varias veces a pesar de todo, porque el sol entraba en el auto por su lado. Le dije que le venía bien un poco de color, ¡estaba pálido! Siempre fue así de blanco. Acá, donde le tapa el short, ¡se le ven las venas! Nunca le gustó que lo notara. Un día me mandó a la mierda. “¡Ya sé que se me ven las venas! ¡Me lo dice todo el mundo, Juliana!” Eso fue cuando teníamos trece y desde ese momento nunca más lo volví a mencionar.

Ahora me acuerdo que me mareé un poco. El camino era sinuoso pero impresionante por donde miraras. Pequeños bosquecitos de pinos de un lado, un enorme dique del otro. Ariel fue sacando fotos todo el tiempo, al paisaje y a mí. Hasta que se enojó, porque yo me giraba para posar y él aseguraba que íbamos a chocar.

Cuando Lucas nos abrió la puerta de su casa, Ariel clavó una sonrisita mostrando los dientes, todos derechísimos. Siempre amé la forma en la que se hace el simpático con gente que le cae mal. Asiente a todos los comentarios y eleva sus cejas con falso interés. Y es increíblemente efectivo. Yo me doy cuenta porque lo conozco hace años. ¡Ay, lo quiero tanto! Lucas le contaba por qué es importante tapar las cámaras de las computadoras y cómo el gobierno te puede espiar y Ariel le mantenía la mirada y le seguía la corriente como si en su mente no hubiera estado pensando en ecuaciones que nadie entiende. El único momento en el que no pudo sostener su papel fue cuando Lucas nos preguntó si íbamos a casarnos. Ariel me miró como preguntándome “¿quién va a decírselo?”. “No… no estamos juntos. Soy asexual, ¿no te lo dijo Sabri?”, tuve que explicarle. Mi hermana, que venía de adentro trayendo una caja de alfajores, levantó sus hombros y se sentó al lado de su marido. Realmente era raro que no se lo hubiera dicho, hacía como ocho años que era la encargada de repartir ese mensaje entre todos sus conocidos. Juliana no quiere tener sexo con nadie, debe estar enferma o exagerando. ¡Y ahora viven juntos y tienen un auto! Casi podía escucharlos en mi mente. “¿Y vos nunca te enamoraste de ella?”, le preguntó Lucas a Ariel, como para seguir con la conversación desagradable. Ariel negó con la cabeza y se llenó la boca de alfajor para evitar tener que hablar.

Las calles de Villa General Belgrano (o VGB, como le decía Ariel) estaban repletas de gente, porque claro, era temporada alta. Y las casas… ¡Qué hermosas las casitas! Si me esforzaba un poco me sentía en Alemania. ¡Y los negocios de chocolate! Esos fueron mi perdición. Compré no sé cuántos. Me duraron hasta el verano. Recorrimos el centro de arriba a abajo y entramos a todos los localcitos de artesanías y regionales. Muchos duendes y eso, no son de mi gusto. Pero Ariel se compró un par de adornitos. Hay uno en casa, en la mesita del living. Yo lo odio. El duende ahí, tirado arriba de una… hoja de un árbol o qué se yo qué es. Me da envidia porque siempre está echado. Y yo voy y vengo y trabajo y cocino y limpio.

Después caminamos bordeando un arroyito. Me enganché hablando con mi hermana sobre una serie y cuando me di cuenta había dejado a Ariel solo con Lucas. Venían atrás nuestro. Me di vuelta y noté su típica cara de “estoy anotando mentalmente todas estas cosas graciosas para reírme más tarde cuando te las cuente”. Frené hasta que nos alcanzaron y nos unimos a ellos. Aparentemente estaban discutiendo sobre la existencia de Dios. ¡Por favor! ¡Habiendo tantos temas triviales de conversación tuvieron que elegir hablar sobre eso! Cuando volvíamos, Ariel me dijo que le parecía que Lucas tenía cara de religioso y solamente había querido probar su punto. “Su prueba de que Dios existe es que él es millonario, ¿podés creer?”, me dijo riendo.

Casi no se dirigieron la palabra después de ese mal rato. Y Ariel empezó a patearme la pierna por abajo de la mesa mientras estábamos en la pizzería, como señal de que quería irse. La gente piensa que es mi novio pero yo a veces pienso que es mi hijo. Así que, con la excusa de que mi amigo no quería dormirse en el camino, emprendimos la vuelta a eso de… las diez y media. Agarramos la ruta, hicimos, no sé, un kilómetro, y la fila de autos se detuvo para siempre. Bueno, no para siempre. Pero de ahí en más empezamos a avanzar a paso de tortuga. Apagamos el bendito aire acondicionado porque ni siquiera se sentía y bajamos las ventanillas. Por lo menos corría aire fresco. Era mi turno de elegir la música y simplemente prendí la radio. Ariel me miró con desprecio, con decepción, ¡pero bien que terminó cantando todas las canciones!

Después de la primera hora moviéndonos lentamente en la ruta, Ariel ya estaba terriblemente fastidioso. Yo, en cambio, lo estaba disfrutando. Las estrellas brillando, la brisa fresca, esas canciones que todos sabemos porque siempre pasan en la radio, las luces de las casitas reflejándose en el agua del dique, las conversaciones existencialistas que me esmeraba por empezar pero mi amigo rechazaba con un monosílabo. Recuerdo haberle dicho que si íbamos a estar encerrados en ese auto de por vida tendríamos que llevarnos bien, ¡y largó una carcajada!

A las dos horas yo iba con los pies afuera de la ventanilla, porque ya no sabía en qué posición sentarme. La gallega que hablaba en el GPS se había callado, como si se hubiera ido a dormir. ¡Y por fin Ariel sacó de su mente la lista de las pelotudeces que había dicho Lucas esa tarde! ¿Viste cuando estás esperando algo pero no sabés qué? Bueno, así estuve yo hasta que dijo “número uno: las cámaras web”. Y yo exploté de la emoción, porque Ariel siempre hacía eso y siempre siempre era mi parte favorita. “Puede que a él lo espíe el gobierno porque es millonario, ¿pero quién va a querer espiarme a mí? ¡A mí! ¡Que lo único que hago en la computadora es reírme de memes y ver porno!”. El número dos fue justamente eso, el porno. Lucas no mira porno. ¡Ah! Pero la rara soy yo. Y los ítems siguientes fueron Dios, los proyectos de vida, los fundas del celular y qué se yo cuántas cosas más.

Casi tres horas tardamos en llegar. Y hubiéramos tardado más si la gallega no nos hubiera sugerido un camino alternativo a la altura de Alta Gracia. Ariel no me habló hasta el día siguiente. Era obvio que había alcanzado el máximo de interacción social posible. Y yo me acosté y me dormí a los dos segundos, con los pies ardiendo de tanto caminar.

Encontrá a Mariela en:

Twitter: @chaossplanet

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