Escena musical local hoy

Por Lucio Cano.

Ser músico en Rosario no es fácil: buscar lugares para tocar, llevar gente a los recitales, calibrar tu guitarra, pagar tus clases de canto, usar tiempo del que no dispones para practicar y hacer lo que amas y muchas cosas más.

Pero creo que lo que más nos duele a los músicos en esta ciudad es tener que cobrar una entrada, ya sea treinta, cuarenta o cincuenta pesos, a un amigo que hasta tal vez no quiere ir a vernos. Pero hay una realidad detrás de esta entrada que tanto te duele cobrar y es que, siempre pero siempre, hay alguien atrás sacando beneficio de tu inocencia. Sí, adivinaste, son los dueños de los bares o los famosos ‘’productores de fechas’’; esta es gente que saca provecho de tu pasión y la disfraza con vagos chamuyos para que creas que lo que hacen ellos es necesario y los necesitas, y que no lo podes hacer solo. Falacias. ‘’Es que el Backline es excelente, son buenos equipos, por eso la entrada es cara’’, ‘’cincuenta personas no es tanto’’ te dicen para que lleves más gente de la que podes, ‘’Así se arranca, de abajo’’ para que pagues. Te están malacostumbrando. Que si recién empezás tenés que pagar para tocar porque ‘’es así’’. No lo es. Si sos músico quiero que pienses lo siguiente: ¿cuántas horas de tu vida pasaste tocando tu instrumento?, ¿cuánta plata gastaste en salas de ensayo?, ¿cuánto te rompiste el culo haciendo lo que amas? y todo ¿para qué?, para que un tipo que entiende de plata, pero no de música, te diga ‘’Esto no es Estados Unidos, acá pagá para tocar’’. A tan solo 190 Km de Rosario, ciudad de Paraná (Entre Ríos), hay músicos igual que nosotros que NO LES COBRAN por tocar.

Y esto es fácil, lógica. Si vas a preguntar a un bar para tocar y te dicen “hablá con este tipo que es el de las fechas’’ andá con cuidado, esta persona es la que hace que todo se te haga más caro y difícil.

El problema radica en el intermediario, el dueño del bar es un tema aparte, cuando no cumple ambas funciones en uno, ya que generalmente es más culpado por razones como la sanidad y la seguridad (ejemplo: caso Café de la Flor).

Supongamos que querés tocar y hay un intermediario que dice dejarte todo listo para hacerlo, siempre y cuando rindas entradas al bar, gran cantidad de veces los equipos que contrata no andan bien y lo único que hace para difundir tu evento es ponerlo en Facebook ya que su estrategia es no arriesgarse a perder mucho. Así, te cobra de más, demasiado, para cubrir el backline y su ganancia.

Volviendo. Nos encontramos con el dueño del bar (A); el productor de la fecha (B); y tu banda, o vos, ( C ). Factor A y B siempre van a necesitar sacar provecho de este negocio porque justamente es su sucio, pero muy provechoso, trabajo, pero factor C no sólo debe pagar para tocar a factor A (como derecho por usar su espacio) sino también, incluido en el costo, debe alcanzar también para B, que es allí donde el precio se convierte en excesivo. ¿Cuál es el final? vos terminás dividiendo tu merecida ganancia entre dos personas que no conoces, que no hicieron nada por vos salvo darte un espacio que no debería cobrarse abusivamente, cuando en realidad el intermediario y el dueño podrían no existir en esta situación. Así, no tendrías que pagarle a personas que ganan mucha más plata que vos en una noche a expensas de tu música y la de dos o más bandas sin hacer la mitad del esfuerzo que vos hiciste para esa noche. Ni hablar de si tu gente te falló y no fue, te cobran por no haber llevado clientes. Vos me dirás, “¿y entonces dónde tocas?’’: esa es nuestra labor más importante y nuestro mayor problema. Lo ideal sería pelear por nuestros derechos y que los bares dejen de introducir a estos factores extras que provocan excesos de precio, pero este es un largo problema que viene hace años y que no se soluciona de un día para el otro.

Ahora bien, sabemos que hay una problemática que desfavorece a los artistas locales pero no sólo es económica sino que también se entrelaza un problema cultural.

Si volvemos 20 años atrás podemos ver a bandas como Nirvana, Pearl Jam, Metallica, Red Hot Chilli Peppers, Guns n´Roses en el apogeo de sus carreras con estadios llenos de fans en un estado de desquicio brutal. Amor a la música podríamos llamarlo. De 25 a 40 años atrás con Kiss, Neil Young, The Who, Ac/Dc, exactamente lo mismo. En Argentina hoy podemos poner de ejemplo a Carajo, Eruca Sativa, Illya Kuryaki and the Valderramas, Cielo Razzo (más local), El Indio Solari (con menos periodicidad), para comparar no sólo una brecha cultural entre países sino también generacional y que son bandas que siguen moviendo a mucha gente hoy en día.

Y todo lo anterior nombrado es una gran variedad impresionante de música que sigue influenciando a los músicos contemporáneos y genera hoy, aunque se niegue, una escena musical (por más decadente que sea), pero esta decadencia no se debe sólo a los músicos que copian estilos, a los engreídos, a las diez mil bandas tributos que hay ni a los anteriormente nombrados pertenecientes a espacios que ‘’apoyan a los artistas’’, sino, también, se debe a la desculturización de la sociedad en cuanto al arte. Esto nos lleva a un círculo vicioso de entradas caras, desinterés popular por la música local y el descontento del músico como final desmotivador.

Y no nos podemos culpar. ¿Cuántas veces hemos preferido, en lugar de salir a ver una banda, quedarnos en casa a ver una película o salir a un boliche ‘’cachengue’’ a bailar al ritmo de una música que no nos gusta (esta última de las más optadas)? Porque, hoy en día, preferimos escuchar a través de nuestros auriculares a esas bandas que nos hacían temblar de chicos, que tienen esa magia que acá, en Rosario, no estamos alcanzando en estos tiempos.

No digo que no haya buenas bandas, las hay (soy seguidor de varias) con mucha fuerza, sonidos innovadores, melodías armoniosas, ¡me encantan! pero no sabemos por qué no nos llaman la atención y ciertamente no queremos, tal vez inconscientemente, irnos de nuestra casa para escuchar algo diferente y que no es ‘’famoso’’. La gente es el problema: músicos y oyentes. Algo nos falta, Rosario, algo que todavía no vuelve y lo perdimos solos y es eso tan importante que nombré antes, ese no sé qué, esa magia. Hay que recuperarla y, así, llevar a nacer una nueva etapa fructífera en la música rosarina, sin bares explotadores, sin barreras creativas y con cada vez más personas que escuchen nuestras voces.

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