(De)construir las masculinidades hegemónicas

Por Nicolás F.

Hablar de masculinidad hegemónica es hablar del hombre como figura dominante sobre las mujeres en las jerarquías sociales; del hombre como pilar sustentable de la familia, como principal generador de ingresos, como el ser fuerte que no llora, el ser valiente, duro, frío y racional que todo lo puede y nunca se equivoca. Estos, entre otros conceptos de cómo debe ser un varón ideal en la cultura patriarcal y que son reforzados en el contexto actual por el neoliberalismo y el capitalismo global.

Este tipo de masculinidad nos interpela de diversas maneras; nos condiciona, nos limita, nos afecta y, lo más importante, produce y reproduce pensamientos y prácticas violentas. Por lo tanto, comenzar a trabajar en la deconstrucción/retotalización de nuestro(s) género(s) y en la descolonización de nuestro saber asociado al pensamiento occidental androcéntrico monocultural resulta crucial para alcanzar la verdadera equidad de género. Esto significa des-aprender todas las prácticas machistas/homofóbicas/lesbofóbicas/transfóbicas impuestas, asumidas y legitimadas por la sociedad, por los distintos actores sociales y por las agencias de imposición cultural que generan y perpetúan las relaciones de poder: la familia tradicional, el Estado, la iglesia, la escuela, etc. (Pierre Bourdieu. cf. 2000, pp 120 -126)

En la organización patriarcal, el poder masculino se impuso para dominar los cuerpos humanos y de otrxs seres, desde la primacía de una cosmovisión antropocéntrica y androcéntrica que define los intereses del hombre “racional” por encima de cualquier otrx ser. La misma supone relaciones de dominación estructural que generan una posición subordinada de las mujeres a partir del uso de la violencia. Estos ejercicios de poder son cuestionados por muchxs hombres y mujeres causando grandes distorsiones debido a la desinformación en el tema impulsada por los medios de comunicación hegemónicos.

El movimiento feminista ha sido y continúa siendo fuertemente tergiversado ya que provoca acusaciones erróneas de promover el matriarcado en oposición al patriarcado generando rupturas entre hombres y mujeres, cuando es el segundo el causante de serios daños en nuestras interrelaciones y es fuente de las grandes injusticias de la humanidad.

Nosotros, los varones, tenemos un mayor trabajo que el de las mujeres, ya que la verdadera transformación corre por nuestra cuenta (la concientización y la desnaturalización de las prácticas mencionadas anteriormente para reaprender a ser hombres).

Damos por sentado entonces que el feminismo no es una lucha intrínseca de mujeres. El mismo debe ser mixto, disidente y, por sobre todo, interseccional. Menciono ésto ya que el feminismo occidental académico -generalmente eurocentrista- excluye a las mujeres que sufren distintas discriminaciones y/o violencias dependiendo su origen étnico o nacional (mujeres no-occidentales, indígenas, musulmanas, etc), en consecuencia, no son tenidas en cuenta en las categorías de análisis de opresión.

A continuación cito algunos casos de violencia de género que suceden a nivel internacional que no son abarcados ni por los grandes medios de comunicación, ni por distintas instituciones educativas. Por ejemplo: en varios países de África y Medio Oriente, la mutilación genital femenina -con el fin de evitar el placer de la mujer- continúa siendo uno de los motivos de mayor preocupación; esta práctica la sufren más del 90% de las mujeres casadas de entre 15 y 50 años, por más de haber sido prohibida en el año 2008. En Marruecos, la tasa de analfabetismo en las mujeres se sitúa en un 74%. En Chad, solo el 28% de las mujeres saben leer y apenas un 55% de las niñas acuden a la escuela primaria. En Pakistán, sólo el 25% de las mujeres trabaja. En Irán, Yemen y varios otros países, la participación parlamentaria femenina es nula o casi nula, por lo tanto, las mujeres no tienen voz ni representación política. En Líbano y China, el crimen de honor es legal (un padre, hermano o marido, puede matar a su hija, hermana o cónyuge si sospecha que ésta comete “adulterio”). En el caso de América Latina y el Caribe, 14 de los 25 países con las tasas de femicidio más elevadas, están en esta parte del mundo; aproximadamente 60.000 mujeres son asesinadas al año en América Latina por violencia de género. En argentina, más de 2.500 niñxs se quedaron sin madre entre 2008 y 2015 debido a los femicidios, según el Observatorio de Feminicidios de la ONG la Casa del Encuentro (único ente que lleva una estadística de la problemática), y además, alrededor de 300 muertes anuales son causadas por abortos clandestinos (sin mencionar que las que abortan y sobreviven –sobre todo si son pobres- van presas). Entre otros muchísimos casos, como el matrimonio infantil permitido, el cual avala que millones de mujeres se casen antes de los 18 años obligadas por sus padres, la feminización de la pobreza (Medeiros y Costa, 2008) como fenómeno global, etc, no son motivo de estudio de este artículo, pero es necesario profundizarlos para entender la dimensión de esta problemática y así poder accionar frente a ella.

Sin más preámbulos, voy a relatar cómo fue mi proceso de deconstrucción a partir de la experiencia personal: desde los cuatro años que vivo solo con mi madre, una mujer que siempre trabajó inagotablemente para conseguir nuestra comida y mantener el techo en el que vivimos, una mujer que padeció la violencia machista desde su infancia de parte de su padre –teniendo que dormir en la calle y perder un año escolar debido a esto- y posteriormente de varias parejas, una mujer que me crió feminista, que logró que me replantee las relaciones de poder, las estructuras y jerarquías sociales que producen desigualdades, una mujer que siguió adelante pese a todo lo que vivió y consiguió todo lo que tiene gracias al fruto de su trabajo y su perseverancia. Ella me enseñó que la división sexual del trabajo es una falacia y que las tareas del hogar y las responsabilidades tienen que ser llevadas a cabo sin distinción de género. Claramente debido a esto, a mi sensibilidad y a varias cosas más, fui “merecedor” de burlas y distintas violencias de parte de mis “amigos” -homofóbicos- hombres. En varias ocasiones tuve que reprimir ciertos pensamientos e incluso accionar de manera machista por miedo a quedarme solo. Por ende, comencé a tener preferentemente amigas mujeres y, es hasta el día de hoy, que no me siento cómodo con muchos de los varones que me rodean.

El proceso de deconstrucción de mi masculinidad no fue difícil ya que desde chico aprendí cómo no ser un hombre hegemónico, a cuestionarme todo y hacer frente a las desigualdades. Sin embargo, como mencioné en el párrafo anterior, durante una gran parte de mi juventud, me sentí condicionado por los hombres en la mayoría de los entornos que frecuentaba. Actualmente trato de abrir siempre el debate sobre género y puedo lograr –por y con suerte- influir en la concientización sobre el asunto.

En mi caso, di cuenta que la herramienta más poderosa para comenzar a naturalizar distintas disidencias es el arte -particularmente el cine-, ya que las realidades son representadas de una manera más –valga la redundancia- “real” y, por ello, suscita más reacciones con un mayor impacto. Pienso que las disidencias deben dejar de ser mostradas y tratadas –como en la mayoría de los casos- desde un punto de vista marginado y comenzar a serlo desde un punto de vista naturalizado y normalizado, para que el espectador vea otras caras de la existencia y que éstas son posibles modificando algunas de nuestras prácticas cotidianas.

Paralelamente, hay muchos obstáculos y hechos que denotan el mal funcionamiento de las instituciones para erradicar la violencia de género; por ejemplo, la ley 26.150: Programa Nacional de Educación Sexual Integral, no es regularizada (por ende no se implementa en todas las escuelas públicas), la ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres tiene muchísimas fallas y, no solo no es regularizada ni reglamentada, sino que sufre desfinanciamientos de parte del gobierno neoliberal y muchísimas personas no saben de su existencia. La ley 14.783 de Cupo Laboral Trans, que incorpora personas trans en cargos públicos, tampoco es reglamentada ni regularizada, entre otras tantas leyes que fueron promulgadas en vano ya que no son cumplidas por parte de los funcionarios públicos, sumado a proyectos -como la legalización del aborto- que son dejados de lado por cuestiones morales. Por lo tanto, si bien es el Estado el responsable de garantizar nuestro bienestar, está más que claro no podemos esperar soluciones de parte del mismo.

En síntesis, el cambio real empieza por nosotrxs mismxs: informándonos, estudiando, abriendo el debate, transfiriendo nuestro conocimiento –y creando las posibilidades para su producción o construcción-, promoviendo las prácticas igualitarias y dejando de tergiversar y desvalorizar las luchas feministas ya que estas también luchan por nuestros derechos en pos de una sociedad justa. Se lucha para que dejemos de ser criticados por pensar distinto, por ser sensibles, por vestirnos de rosa, por querer usar pollera, entre muchísimas cosas más. Herramientas las hay, lo que faltan son las ganas de generar concientizar y generar el cambio. Y como diría Paulo Freire “somos seres condicionados, pero no determinados”.

A las personas conformistas les digo: El cambio cultural no es imposible; las luchas individuales terminan siendo conquistas colectivas y hay que luchar por lo que creemos injusto sin importar lo que nos digan.

Encontrá a Nicolas en:

Facebook: Nicolás Ferrero Juan
Instagram: @nnicolasferrero

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s