Donde viven los monstruos

Por Agustín Klaric.

Mi paso por la escuela secundaria fue una montaña rusa de conflictos ideológicos con profesores y una búsqueda laberíntica y desesperada de amistades. Durante los cinco años que pasé dentro de esa institución, tanto mi familia como mis compañeros afirmaron con total seguridad que sería durante ese período que yo encontraría a todos los que luego serían “amigos de toda la vida”. No fue así. Sin importar cuánto intentara encajar, los demás eran un grupo homogéneo y yo era simplemente un grumo que a veces parecía disolverse, pero siempre volvía.

Entender la secundaria es tan simple como suponer que elegimos aleatoriamente a diez personas en la calle y las ponemos en una habitación. Por supuesto que es posible que se relacionen y que, con el tiempo, formen vínculos, pero nada nos garantiza que tengan puntos en común desde un primer momento.

Así fue que cumplí mi sentencia de cinco años y, aunque pude rescatar a unas pocas personas con las que lograba entenderme, la búsqueda continuaba. Llegué finalmente a mi cita con la facultad, el supuesto gran monstruo de adultez con el que los profesores de quinto año amenazan a sus víctimas, el “cuco” de la escuela secundaria. El cuco me dio la bienvenida con los brazos abiertos al mundo de terror tierno que es la facultad.

Terror porque sin importar qué tan agradable sea nuestro paso por ahí, el estrés es un hecho: dormir seis horas en época de parciales o finales es utópico y las fechas de entrega nos persiguen y no importa para qué lado mires, siempre hay una fecha de entrega cerca. Terror porque la responsabilidad da miedo y la libertad también: en la facultad nadie impone el estudio como una obligación, uno es libre de hacerlo o no, siempre y cuando asuma las consecuencias de todas sus elecciones.

La facultad es una gran masa heterogénea de individuos. Hay gente mayor y hay jóvenes, hay argentinos y hay extranjeros, hay gente de clase alta y baja. Lo que la facultad logra es juntarlos a todos y hacer que intercambien ideas, costumbres, identidades. Todos ellos ya convergieron sin saberlo, sin ni siquiera conocerse, todos ellos eligieron estudiar lo mismo. Y no es poco. Ese único punto que tienen en común, esa identidad colectiva que forman, pesa más que todas sus diferencias. Es por eso que la facultad “te abre la cabeza”.

La mecánica de la facultad es suponer que a esas diez personas del principio no las elegimos de la calle sino que todas estaban en un mismo negocio. Esos diez individuos ya comparten una decisión. Sus relaciones pueden ser desastrosas, por supuesto, pero hay algo mínimo en lo que ya coinciden.

La facultad es tierna sencillamente por el intercambio que incentiva. Es imposible no crear lazos, no conocer gente nueva, diferente e interesante. Es imposible no escuchar opiniones distintas, distintas a las de tus conocidos, distintas a las de tu familia, opiniones frescas que jamás se te hubieran cruzado por la cabeza y que te invitan a tener nuevos puntos de vista y hasta a replantearte los tuyos.

Y tal vez, si la suerte te acompaña, si te pasa como a mí y un sinfín de casualidades pasan, quizás termines con amigos nuevos. Ninguno parecido a vos, pero sin embargo tan similares entre sí. Todos hijos adoptivos del monstruo no tan horrible que es la facultad.

Encontrá a Agustín en:

Twitter: @_kctus
Instagram: @klaric.a

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