La asamblea sin complicidad

Por Marcos Medina.

En los próximos párrafos voy a tratar de sintetizar algo que fue muy extenso y que me dejó cargado de bastante positividad y esperanza. Por lo cual, a causa de mi pérdida de memoria y mis ganas de escribir algo sobre esto, probablemente me olvide de contar algunas cosas, a lo que propongo ponerse en contacto con otros participantes de la asamblea para completar mi historia e informarse más todavía.

Habiendo aclarado lo anterior, me gustaría empezar por describir a los concurrentes, para hablar un poco sobre la variedad de la gente del lugar y para entender que no existe un solo tipo de hombre feminista. Si bien la convocatoria estaba planteada principalmente para hombres heterosexuales (ya que somos los más propensos a encajar en el perfil de macho), podían encontrarse unas pocas personas de géneros diversos, que se sintieron cómodxs en el ambiente. Tuve el placer de escuchar las voces de diversas clases sociales y de distintas creencias religiosas e ideas políticas (ninguna muy de derecha, como se podrán imaginar). Nada de esto fue asumido por mí, sino que cada individuo fue contando su estilo de vida, sus experiencias y demás.

Siendo 100-150 personas, los organizadores decidieron dividirnos en comisiones, con sus respectivos delegados, para tratar los temas por separado, en rondas de 10 -15 integrantes, con el fin de crear mejores espacios de debate, que luego serían resumidos y presentados ante toda la asamblea, para dar las últimas conclusiones y fomentar un poco la discusión general. En mi grupo me encontré con muchos hombres distintos, que por suerte lograron soltarse y hablar un poco de sí mismos y de sus formas de encarar del feminismo cotidianamente. Así pude enterarme de que muchos no llevaban tanto tiempo en el tema y otros habían acudido para informarse sobre el tema porque les resultaba interesante, lo que me llenó de alegría porque significaba que no iba a encontrarme siempre con las mismas caras si se organizaba otro evento parecido.

El coordinador tenía anotada una serie de consignas no tan estrictas de puntos de debate, para poder organizar mejor la situación. Obviamente también podíamos elegir hablar sobre otro tema que nos resultara importante, con la seguridad de que íbamos a ser escuchados. Y quiero recalcar ese punto: mi grupo estaba conformado por gente muy atenta, con ganas de aprender y dialogar y, por lo que pude ver, el ambiente general era el mismo. Tratamos muchos temas y desgranamos muchas situaciones para poder ver en qué podíamos contribuir para hacer del mundo un lugar mejor para todas aquellas comunidades enemistadas con el machismo. Discutimos sobre cuáles son nuestros “privilegios” por ser hombres, cómo renunciar a ellos y cómo distinguirlos de derechos humanos que simplemente son únicamente respetados cuando se trata de nosotros; reflexionamos sobre la existencia de todos los géneros, de dejar de ver a la gente como hombres y mujeres exclusivamente, de detectar, detener e intervenir en cuanto a las LGBT-fobias; de nuestro enfoque y lugar en la lucha feminista, de cómo frenar nuestros machismos internalizados, fomentados por los repugnantes medios de comunicación masivos y de cómo terminar con la complicidad machista en general.

Si bien estos puntos me parecen igual de importantes y extensos, el tema más difícil de hablar fue el de la complicidad. Fue duro porque hablamos sobre nuestras familias, nuestros amigos y amigas, relaciones muy importantes, de mucho valor emocional. Pude ver un par de ojos llorosos, caras de dolor, resignación e incluso de enojo. No es fácil ni divertido hacer peligrar los lazos con personas con las que compartiste miles de experiencias, sean alegres o no; hablar sobre los vínculos y sus dificultades siempre nos pone en una situación complicada. Pero había llegado el momento de plantear nuestras estrategias ante nuestros grupos más cercanos, donde nuestra palabra tiene un peso mayor que en otros espacios, donde los que te escuchan te conocen y se preocupan por vos. Esto nos llevó a preguntarnos: ¿Por qué los feministas tenemos amigos machistas? ¿No es un poco hipócrita defender la lucha de las pibas y a la vez estar en un grupo de WhatsApp en el que pasan fotos privadas de mujeres desnudas? Sí. Un poco lo es. Pero cada uno tiene su transformación y su proceso de iniciación en el feminismo, donde la mente tarda en abrirse y en generar empatía hacia seres que son tan “distintos a vos”, según la televisión, según el sistema, el sistema macho de los hombres musculosos armados y las chicas flacas y vestidas de rosa, esperando a su marido con la comida hecha. Fuimos adoctrinados para ser consumidores, para consumir el producto de la sexualidad de la mujer, explotando nuestra exagerada producción de hormonas reproductivas y convirtiéndonos en animales.

Es muy posible que muchos de nosotros hayamos hecho amigos antes de considerar el feminismo como algo importante. Incluso antes de ver el machismo como algo peligroso. Por eso, es natural que sigamos en grupos sociales con los que no compartimos ideales (e incluso repudiamos algunos de ellos) por una cuestión emocional o de comodidad. Además, algunos seres queridos pueden tener un cambio, mucho más progresivo, pero un cambio al fin y al cabo, gracias a nuestra constante dosis de molestia en cuanto a lo que consideramos moral. A veces, a la quinta vez de decirle a alguien de que un chiste machista es de mal gusto, esta persona que lo cuenta sienta que realmente no está haciendo reír a nadie y reflexione sobre lo que está diciendo en realidad. Muchas veces podemos decir lo mismo de mil formas distintas y aun así no llegar a la mente de nadie con la idea que queremos. Esto suele activar un mecanismo de defensa. Parte del discurso machista es el de denigrar al que no está de acuerdo con burlas, acusaciones de pertenencia a otros géneros (como si eso significara un problema) o con exclusiones de conversaciones y de invitaciones a eventos. Acá nos encontramos con la parte que duele ya que, en muchos casos, o estamos en un punto muerto en el que la persona no nos deja seguir relacionados de ninguna forma o nos sentimos agotados, desilusionados y heridos de tal manera que decidimos distanciarnos por nuestra cuenta, como último recurso. Es ahí cuando tenemos que decidir entre pertenecer a un grupo donde nos callamos nuestras ideas y así fallarle a la lucha (y a nosotros mismos), o “fallarle” al grupo y pelearnos, para luego dejar de pertenecer al mismo. Y ahora viene otra pregunta: ¿Pero si te denigran, son realmente tus amigos o tu familia? Casi seguro que no. Incluso si compartís sangre con ellos. Pero es difícil darse cuenta. El miedo nos paraliza a todos y nuestra necesidad de pertenecer nos nubla la vista, dejándonos en la cabeza otra duda: Si no me quedo acá, ¿Dónde voy a ir? Si este no es mi lugar, ¿Cuál sí lo es?

Este fue el tema principal de debate y con razón. Me costaba mantener los ojos secos mientras pensaba en los amigos que no habían asistido, pero más específicamente en los conocidos que probablemente se hayan burlado de la existencia de un evento que para mí tenía un valor increíble. Personalmente no busco que todos mis familiares, amigos y conocidos se unan a la lucha, ni mucho menos. Mi objetivo principal es que me escuchen y cambien sus conductas más machistas, mientras señalan las que me puedan quedar a mí. Por suerte la parte de mi vida donde estaba desesperado por pertenecer a lo más colectivo posible ya pasó y hace años que en mis grupos no hago falsas sonrisas, fingiendo estar de acuerdo, siendo un miserable cómplice. Muchos amigos me consideran molesto, lo que creo que es ya es algo positivo, siendo feminista. Es un marcador de que en algún punto me están escuchando y de que me estoy callando menos.

Las discusiones fueron largas, pero mi intención con este texto no es resumir exactamente lo tratado, sino de transmitir el mensaje conclusivo de que gran parte del cambio está en nuestras manos. Si no nos reímos de los chistes machistas, van a dejar de existir. Si rompemos con los estereotipos de hombre macho y mujer femenina, estos van a perder el sentido. Si logramos que nuestros pares consideren a las mujeres como iguales, sus vidas y sus cuerpos van a importarles tanto como los nuestros. El machismo es un negocio y, como en todo negocio, cuando no hay demanda, se termina la oferta.

La asamblea terminó a los abrazos, para tirar abajo la idea de que el afecto físico entre hombres no puede ser heterosexual. Terminé abrazado a dos tipos que parecían tan contentos como yo. Todos parecían tener una sonrisa, algunas un poco condimentadas con incomodidad, pero en general se estaban riendo. Salí de ahí bastante renovado, con ganas de cambiar el maldito mundo y gritar junto a las pibas. Ojalá se hagan otras asambleas y pueda verlos a todos ahí, llenos de energía.

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Otros escritos de Marcos para GRBR:

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