Lleno de humo, libre de aristas

Por Lucía Krivoy.

¿Cómo iba a cometer tal ultraje? Dejar escapar eso que sólo en aquellas horas del día se permitía. Dejar que la visión vuelva y que los fotones de luz ingresen, sin impedimento, mostrando cada estructura de la habitación. Chapa, madera, humedad, frío.

No. Quería huir de eso. De las cuatro aristas del techo, de los recovecos de chapa que tenían en la esquinas. De los gritos, a la mañana, y del chirrido de las sillas luego de ser pateadas con fuerza. Las ondas sonoras atravesaban con odio su “puerta”- si es que a aquel pedazo de tela con apestoso olor se le podría llamar puerta- y daban el inicio a un nuevo día.

Y salir de su habitación separando alma de cuerpo, el dolor oculto entre las vísceras que casi explotaban. Y apartar la mirada porque sabía, cuando se miraba en el espejo, con los alaridos y los llantos de fondo, que ellos reflejaban todo lo que su cara -luego de tanta, tanta práctica – podía llegar a ocultar.

Acarrear con los días, intentando olvidar eso que estaba bien guardado, a punto de desbordarse. Lejos de lo que comúnmente se le llamaría casa y muy cerca de aquel fantasma sanguinario que había inundado, paso por paso, cada metro cuadrado de lo que nunca fue felicidad. Puro hogar.

Entonces, ¿Cómo podría darse el lujo de no aprovechar aquel momento del día, donde realmente no se ve? Donde realmente no se divisa ni el techo, ni las aristas, ni la puerta, ni siquiera él mismo. Él, como es, con los ojos de su madre y nariz de su padre ¿Cómo cerrar los ojos ante esa paradoja libre de dimensiones, de esquinas, que tan sólo por un par de horas -hasta que el sol vuelva a deslizarse por el horizonte- le permitía salirse de la realidad? Y allí era cuando el silencio ganaba, el llanto de su madre, los golpes en las paredes de su padre y el rugir de los tiroteos en las calles, que retumbaban en las paredes de hojalata quedaban ocultos bajo la impenetrable oscuridad.

Era así el transcurrir los días en guerra, atravesando el campo minado descalzo, las paredes marcadas por los golpes, los gritos que ni se molestaban en ocultar. Y es que en el barrio es así, en el barrio no hay de comer, en el barrio no hay felicidad. En el barrio hay odio, desprecio que llega como un hedor desde el centro de la ciudad. Hasta acá se siente cómo repugnan, cómo aborrecen a los que no tuvieron la suerte de poder tener, poseer.

¿Cómo no iba a llorar, cómo no iba a gritar en silencio oculto en algún que otro callejón? Si cada vez que lo veían se cruzaban de calle. Si tenía que deglutir cada mirada impregnada en asco que le clavaban, sin piedad, cuando buscaba en la basura.

Nunca conoció el amor, nunca le permitieron dar amor. No hay amor para el que no tiene, el que nació así. La mismísima clandestinidad social. Y sí, se inunda sus pulmones, sus vísceras, de humo, de porquería, de sustancias químicas, de ácido sulfúrico por el esófago, de muerte. Y vos seguís diciendo lo mismo: “Es un drogadicto de mierda”, empapado de crueldad.

¿Cómo iba a cometer tal ultraje? Despegarse de sus únicos compañeros, de la sustancia, de la oscuridad. ¿Por qué debería? ¿No era aquel un paraíso? ¿Lleno de humo, libre de aristas?

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