Informe del tiempo

Por Macarena Farías.

Con los vaivenes de la rutina me encontré haciéndome una nueva amiga: la frase “hacer tiempo”. “¿Necesitas que te acompañe? Justo estaba haciendo tiempo”. “No te preocupes, me quedo haciendo tiempo una hora y después nos vemos”. “Sí, ya leí ese apunte mientras hacía tiempo para la clase”. “Gracias por haberte quedado haciéndome la segunda, odio hacer tiempo sola”. “Hacer tiempo”.

Hacer el tiempo, como si éste no fuese algo que te apresa, te persigue, te corrompe, te estresa, te daña, te apura, te maltrata y te deja a su propia deriva marcada por un tic toc incesante que inhala vida en cada tic y exhala culposidad en cada toc. Culpa de que pasa el tiempo y se nos va de las manos. Culpa de que nos excede y nos escapa dejándonos a nuestra propia y horrible merced de juzgar si lo que hacemos con ese tiempo que ¿se nos da? es verdaderamente fructífero, si vale verdaderamente la pena.

El tiempo nos condiciona, nos aprisiona, nos destruye. Mientras escribo este delirio escucho el tic toc intolerable de mi reloj pulsera y no puedo evitar pensar en mi amigo Poe y ese corazón delator que hizo esconder debajo de las maderas del piso. Como el protagonista de su cuento pierde el juicio escuchando el tucutúntucutún del latido del corazón de su víctima, así me encuentro yo escribiendo con este reloj pulsera y su tictoctictoctictoc implacable. Cada tic y cada toc significan algo diferente, cada tic y cada toc son tan amargos como dulces porque el tic toc que hoy me angustia, es la espera de lo asombroso para otro. He aquí la curiosa elasticidad y maleabilidad del tiempo. He aquí la ruptura del tictoc.

¡Qué vanguardistas terminamos siendo, cuán osados resultamos! Miranos corromper el tic toc cada vez que dilatamos o reducimos el tiempo con nuestras emociones. ¿Dónde está el tic toc de los sesenta segundos por minuto cuando esperando algo anhelado se sienten horas? Una vez más, los sentimientos arruinan todo. Porque a pesar de haber opresión en el eterno tic toc del tiempo, hay confort, hay rutina, hay paz, hay constantes. Una hora son sesenta minutos, un minuto son sesenta segundos y así. Cuando los sentimientos salen del banco suplente y entran en juego lo constante es corrompido e inconstante. Una hora es un minuto. Un minuto de respuesta puede ser una eternidad. Las cuatro cuadras que siempre te separaron de ese lugar hoy son veinte y un día fueron dos, pero en realidad es una.

Teniendo esto en cuenta, ¿qué es el tiempo? ¿Es el minuto del tic toc o el minuto eterno que te hace saltar el corazón? Paradoja imposible de pasar por alto, ¿cómo podemos afirmar con tanta crudeza y linealidad que estamos “haciendo tiempo”? ¿Acaso tenemos un taller manufacturero de tiempo? Si así es, ¿cuál es su materia prima?

“Hacer tiempo”. “No llegar a tiempo”. “No llegar con los tiempos”. “No tener tiempo”. Etcéteras temporales. Todo indica que el tiempo está ¿acumulado en stock? en algún lugar, o en una bolsa infinita, o finita. O que es un lugar. O que no es nada. Pero es todo. Es un Aleph. Y está, pero no está y pasa, pero jamás pasa del todo. Y cura y arruina. Y profundiza heridas. Y te roba y te da perspectiva. Y te da la razón o te desmiente. Y te hace olvidar esa voz que creíste inolvidable y cómo empezaba esa canción que antes escuchaste mil veces. Y te trae esa palabra que dijiste y no deberías haber dicho, esa frase que creías haber superado. El tiempo nos enloquece.

Y yo estoy escribiendo mientras pispeo el reloj. El de la compu. El del celu. El que tictonea en mi muñeca. Yo tampoco tengo tiempo, o lo tengo por demás, en todos lados, llenándome, violándome el accionar, pidiéndome a gritos que lo consuma o que lo deje, que lo agarre, que lo inmortalice, lo frene o lo haga trizas. Que haga algo con mi tiempo. Que mi tiempo valga. ¿En que cotiza mi tiempo hoy? ¿En que cotiza el tuyo? ¿Leer este delirio espacio-temporal fue tiempo bien o mal invertido?

Me voy, ya no tengo más tiempo que hacer.

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