Orgullo es lucha

Por Macarena Farías.

El sábado 7 de octubre a las 15hs se concentrará para la Marcha anual del Orgullo en la Plaza Libertad en Rosario y en otras tantas del país también. Con la misma frecuencia que este evento tiene lugar, surge la pregunta de siempre: ¿por qué no hay un orgullo heterosexual? (Quien nunca la escuchó que tire la primera piedra).

El primer interrogante que debería surgir frente a esto -antes incluso de esa fiebre voraz que nos come el cuerpo queriendo fulminar al formulador-  es: ¿por qué cuando alguien escucha que se celebra una marcha o un evento concerniente a un cierto grupo surge la necesidad de inmediatamente posicionarse en la vereda opuesta? (Ojo: no en cualquier caso uno acude a este falso “ponerse en los zapatos del otro” porque cuando, por ejemplo, se realiza la fiesta de las colectividades nadie se pregunta por qué no hay un mayor énfasis en nuestras propias colectividades étnicas originarias). No caben dudas de que el interrogante es sumamente selectivo y discriminador. “¿No les alcanza con poder casarse que encima tienen que salir a desfilar todos colorinches por la calle?” Usualmente esto tiende estar acompañado del infalible “¡¿CÓMO LE EXPLICO A MIS HIJOS?!” de alguna que otra Mariela o Susana del Facebook comentando la nota paupérrima de Infobae un sábado a las 16hs.

Habiendo tanto que analizar en cuanto a las razones que llevarían a alguien a formular el nefasto reproche del famoso porqué, voy a abstenerme a la pregunta virulenta: ¿por qué hay un ORGULLO y una MARCHA?

En la década de los sesenta en New York, Estados Unidos, específicamente en un barrio llamado Greenwich Village existía un bar: Stonewall Inn. Este se consolidó como el espacio común de reunión de diferentes grupos queer en un marco de aceptación y camaradería que contrastaba con la atmósfera de persecución marcial que se respiraba en el país durante el período. Sin embargo, toda paz es efímera y para que no lo sea hay un precio que pagar, o un acuerdo que cumplir: azarosamente, todos los meses la policía metropolitana de la ciudad allanaba el lugar y reprimía a aquellos que se encuentren allí. Mucho distaba esto de ser una sorpresa para los dueños porque en verdad era un pacto mantenido con la policía para que el resto del mes pudieran funcionar en paz. En otras palabras, un poco de represión para que la policía muestre que puede hacer su trabajo significaba un poco de libertad para la comunidad LGBTQI+ que vivía en las sombras. El bar que acogía a tantas personalidades perseguidas era un campo de guerra una vez al mes, hasta que un 28 de junio del año 1696 todo cambió: la comunidad se reveló.

Agazapados y atrincherados -aunque en verdad sería conveniente usar el neutro agazapades y atrincherades- esperaron la llegada de la policía para hacerle frente y dar batalla. La afrenta histórica termino con la victoria de los defensores del Stonewall Inn y la policía jamás irrumpió de nuevo. A partir de ese levantamiento, el 28 de junio pasó a la historia como el Día del Orgullo.

Tras este suceso, numerosos grupos comenzaron a protestar y elevar sus voces proclamando su homosexualidad y su orgullo de serlo. Panfletos, banderas y consignas políticas comenzaron a impregnar las calles de Greenwich Village, llenando de color la escala de grises que, hasta ese momento, los sesenta representaban.

Un año después, en 1970, unas diez mil personas se concentraron en la calle Christopher frente a las puertas de Stonewall Inn y marcharon espontáneamente por la Quinta Avenida hasta el Central Park. Esa fue considerada la primera Marcha del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual y Transexual de la historia. Todos los años, en esa fecha, cientos de ciudades de todo el mundo se han ido sumando al festejo.

En Argentina el movimiento llega en 1992 con 250 personas que marchan desde la Catedral de Buenos Aires hasta el Congreso de la Nación usando máscaras de cartón porque les avergonzaba mostrar su identidad, pero de todas formas se sentían valientes de salir a la calle.

En 1993, las máscaras de cartón fueron reemplazadas por corazones de tela con la inscripción “Amar y vivir libres en un país liberado” y se acompañaba con el reclamo de no votar a candidatos que discriminasen. En 1994, los corazones le dejaron lugar a un triángulo de tela rosa que conmemoraba el exterminio masivo de homosexuales durante el nazismo. 1995 fue el año de lucha contra el SIDA y, por primera vez, fuegos artificiales iluminaron el cielo bonaerense.

El año 1996 trajo consigo el último día en el que la Marcha tuvo lugar un 28 de junio y fue acompañada de un Encuentro Nacional de Gays, Lesbianas, Travestis y Transexuales en Rosario, que también inauguraba su primer Marcha.

A partir de 1997, la marcha del Orgullo LGBT de Buenos Aires pasa a celebrarse el primer sábado del mes de noviembre, en conmemoración del 30º aniversario de la fundación de “Nuestro Mundo”, el primer grupo homosexual de Argentina y de toda Latinoamérica y ahora se celebra en octubre.

Cada marcha es acompañada de un reclamo particular como, por ejemplo, el voto a favor de las leyes de matrimonio entre personas del mismo sexo e identidad de género, la derogación de los Códigos Contravencionales -que criminaliza a travestis y homosexuales en diez provincias de la Argentina-, la sanción de la Ley de Identidad de Género y un programa de “Educación en la Diversidad para crecer en Igualdad” acompañado de una Educación Sexual Integral en las escuelas.

Frente a la historia, ¿podemos acaso continuar preguntándonos por qué no hay una marcha del orgullo heterosexual?

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